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ATHLETIC

Acabemos con el fútbol

Ceferin, Rubiales e Infantino. FOTO RFEF
JON RIVAS

Posiblemente, a pocos, entre los jóvenes, les sonará el nombre de un jugador de baloncesto que se llamaba José Alexandrovich Biriukov, nacido en Moscú, que jugó en el Dinamo y en la selección de la Unión Soviética, y que después, gracias a la nacionalidad de su madre, que era de Ortuella y se apellidaba Agirregabiria, fichó por el Real Madrid y se hizo fijo en la selección española. Le llamaban Txetxu, por cierto. Ahora, con 55 años, tiene un restaurante en Madrid y participa en diversos negocios.

Recuerdo de él una actuación contra el antiguo Cajabilbao, en la Casilla, cuando ya era una figura. Eran los tiempos en los que comenzaban a jugarse encuentros de baloncesto varios días a la semana. Al acabar el partido, estábamos los periodistas esperando las declaraciones de los jugadores cuando apareció el. Le preguntaron por el choque, y en un momento dado, alguien le inquirió sobre esa profusión de jornadas durante todos los días de la semana. Contestó enfadado, no con quien le preguntaba, sino con la situación. Recuerdo que dijo algo así como: «Partidos los viernes, los sábados, los domingos, los lunes… ¿Es que algunos se creen que la gente está pensando en el baloncesto todo el día?, ¿es que piensan que los aficionados no tienen otra cosa que hacer?» No hablaba de él mismo, ni de los demás jugadores, sino de los que seguían el deporte desde la grada o la televisión.

Ya entonces, y han pasado décadas, el deporte comenzaba a alterar los biorritmos de los aficionados, sobre todo en el fútbol. Hasta hace no demasiadas temporadas, cualquier seguidor del Athletic –o de otros clubes–, sabía que el partido era el domingo a las cinco. O a las seis, o a mediodía, según el equipo, y que eso sólo se alteraba esporádicamente por algún compromiso televisivo. Todo eso ha cambiado. Ahora hay fútbol a todas horas. Nos estamos acostumbrando.

Lo que me parece que será más difícil de asimilar son todas esas propuestas que se están haciendo desde los organismos rectores del fútbol, escondidas bajo objetivos aparentemente nobles, como el de ampliar los ingresos para el fútbol base en todo el mundo, lo que no deja de ser una milonga. En realidad, lo que quieren muchos es ampliar sus negocios, seguir haciendo caja. Continuar viviendo del fútbol aún sin haberle dado nunca una patada a un bote. Pienso en la calva de Infantino –que es suizo, y no italiano como piensan muchos–, y me viene a la cabeza la imagen de un ejecutivo que vive muy bien de las dietas de la FIFA, en los hoteles de lujo de todo el mundo, subido al machito desde hace muchos años, cuando veíamos a un señor simpático que hablaba inglés con acento suizo, mientras desenroscaba bolas en los sorteos europeos. Ahora pretende un Mundial de clubes.

Otros quieren otras cosas: la Superliga Europea, que reportará, dicen, unos ingresos muy jugosos a quienes participen, como ese mundial de clubes, y lo único que harán es ampliar las diferencias entre unos y otros y convertirán las ligas nacionales en productos de segunda categoría. Una Superliga basada, además, en criterios económicos en vez de deportivos, porque miro un mapa de los clubes que tomarían parte y veo algunos como el Manchester City, el Tottenham o el PSG que no han empatado con nadie. Su palmarés europeo es inferior al del Zaragoza, por poner el ejemplo de un equipo de Segunda División. Por no hablar del Ajax, a quien esa Superliga ningunea descaradamente.

La Superliga es un despropósito. Pretende reducir el número de equipos de las ligas nacionales y trasladar los partidos domésticos a mitad de semana. Me parece muy bien si se organiza un torneo así, pero la reducción de equipos se debería hacer con los que participen en ese torneo. ¿Quieren una Liga de 16? Muy bien. Real Madrid, Barcelona, Atlético y otro voluntario que ande por ahí, que se vayan y no regresen. ¿Y los horarios? Que cada uno ponga los suyos. Creo que los aficionados seguirán pensando que es más interesante un Oviedo-Sporting que un Barcelona-Olympique de Lyon.

El cebo, por otra parte, es el dinero. La UEFA garantiza, dicen, 900 millones de euros a los participantes. Mucho dinero, desde luego, pero, ¿para qué sirve? Porque, no nos engañemos, el dinero que se mueve en el mundo del fútbol acaba siempre en los mismos bolsillos. el de los jugadores y el de los representantes –y en el de los ejecutivos más avispados–. El fútbol no es una fábrica de acero ni una refinería de petróleo. Es un juego. Cuando los presupuestos de los clubes eran de 50 millones de euros, los fichajes se movían en ese entorno. Cuando sean de 900 millones, se moverán en ese otro. Un jugador que ahora cuesta 10 millones, costará 100, y el de 100, costará 1.000, y todo eso sin mejorar ni un ápice sus prestaciones, porque por mucho dinero que salga, los talentos son limitados. Messi sólo hay uno; Cristiano sólo hay uno; del escalón inferior hay media docena y la pirámide de calidad se va ensanchando según baja el nivel de los futbolistas. Lo único, que serán mucho más caros y ellos ganarán mucho más, y defraudarán a Hacienda lo que puedan. Sólo habrá que esperar a ver cuándo llega el límite, y observar sentados si explota la burbuja o se sigue hinchando. Griezmann, que cobra 25 millones limpios, cobrará cien, ¿y en qué mejora eso el espectáculo? Podrá comprarse mansiones, coches, caprichos sin fin, pero su juego seguirá siendo el mismo, o peor según pasen los años.

Claro que eso sucederá entre los privilegiados, porque el resto deberá conformarse con las migajas, con presupuestos más bajos e ingresos inferiores. Los futbolistas más cotizados jugarán en los equipos de la Superliga, y los demás verán cómo se reducen sus ingresos. Posiblemente desaparecerá la clase media. Y ya digo: los futbolistas importantes serán los mismos que ahora. No se cultivan en una huerta.

En fin. Si el objetivo de la UEFA es el de la Superliga, en primer lugar debería dedicar sus esfuerzos a cambiar sus estatutos, que en su artículo siete establecen que «Juego limpio significa actuar de acuerdo con principios éticos que, en particular, se oponen al concepto de éxito deportivo a cualquier precio y promover la integridad y la igualdad de oportunidades para todos los competidores».

Oponerse al éxito deportivo a cualquier precio. Igualdad de oportunidades para todos los competidores. Qué frases más bonitas que se van a cargar, dicen que para 2024.

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