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CRONICAS AÑEJAS

Rasmussen, el malquerido

MIS ETAPAS FAVORITAS 2007, 15ª etapa 23 de julio FOIX/LOUDENVIELLE. Ganador: Vinokourov

Rasmussen, por delante de Contador en la ascensión al Peyresourde. TOUR DE FRANCE

El peaje de Lestelle son ocho euros del ala si se llega desde Toulouse. Por allí andaba el personal, aflojando la cartera, pidiendo el recibo para justificar el gasto –rutinas del Tour– mientras por el arcén pululaban medio centenar de policías en manga corta. No es un lugar para preparar un picnic, así que algo esperaban: el registro a coches del Rabobank, CSC, Discovery y Astaná. Todo, aparentemente, en orden.

Rasmussen instalado en el Olimpo, vestido de amarillo. Contador segundo, atacándole con furia, ¡vaya espectáculo! Los figurantes desangrándose segundo a segundo; Vinokourov desatado, olvidando las penas a base de etapas. Pero para darse cuenta de que no es lo que se aparenta basta ver la página 2 de L’Equipe, donde aparece el comentario editorial. «Rasmussen no sería un buen ganador del Tour». Un mazazo. Demoledor.

Tiran con bala. La no crónica -no las escriben este año- se titula El malestar Rasmussen, y habla de la incomodidad de muchos ciclistas por tenerle a su lado en el Tour. El ambiente se enrarece cada día. Además, otra preocupación para Rasmussen: por una vez están de acuerdo L’Equipe y el presidente de la UCI. «No sería bueno que gane el Tour», dice McQuaid. Y luego está la carrera, claro. Y Contador. Su rival, y no sólo en la ruta. Se han convertido en enemigos irreconciliables. El madrileño no le perdona el ataque en Plateau de Beille. El danés le lanzaba ayer miradas desafiantes.

La respuesta llegó en los últimos kilómetros del Peyresourde, mientras, Vinokourov volaba hacia la meta y Zubeldia, sorprendente, peleaba por remontar en la general. El kilómetro y medio final hasta la cima del Peyresourde fue un monumento al ciclismo. El minuto de oro del Tour 2007. Contador desgastó a Popovych en un amago al que no entraron los Rabobank. Después se puso a la altura de Rasmussen, le miró a los ojos, el danés no retiró la mirada. «Le ví peor que el día anterior». Se levantó sobre el sillín y atacó.

Un grito en la meta mientras el público observaba la carrera a través de la pantalla gigante. Un clamor. Sólo Rasmussen salió a por el español. Los demás parecen tener claro que las montañas son cosas de los dos primeros. Y la película sigue. Otra vez juntos, a la misma altura. «Sólo pensaba en volver a atacar». El pasillo se estrecha. Entre la marea naranja se estudian como para un sprint en pista.

¡Otro golpe! Contador coge ventaja, no se sienta, pedalea como el mejor Armstrong. El molinillo letal. Rasmussen aprieta los dientes y resiste. Sólo él es capaz de hacerlo. Dejar hueco puede ser fatal, porque por delante espera Hincapie, para lanzarse hasta el lago de Loudenville en un descenso suicida. El tercer intento. Ahora parece que sí. Durante un par de segundos, Rasmussen flaquea. El clamor se eleva en las campas de Le Louron. Al aficionado le gusta el ciclismo de ataque, el ciclismo-Contador.

Le gusta desbancar ídolos. Quien viste de amarillo suele ser más respetado que amado. Al final, Rasmussen se sobrepone al momento de duda. El pánico a perder el Tour se apodera durante una centésima. Otra vez se pega a la rueda. Pero ahora las miradas son más intensas, la tensión entre los dos se huele. Las manos sobre el manillar, el balanceo de las bicicletas, el cuello girado hacia el oponente. ¿Lo va a intentar otra vez? Sí. El público de la meta estalla, el comentarista de la televisión francesa se come el micrófono, grita. Esta vez los coches dificultan la maniobra en un pasillo estrecho de camisetas naranja. La cima está muy cerca ya. Rasmussen respira. En el descenso, Contador lo intenta otra vez. En la meta entra por delante, desafiando al líder. Ya no le ve intocable. «No he venido al Tour a conformarme con lo que tengo». Toda una declaración de intenciones.

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