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CRONICAS AÑEJAS

No te levantes, Carlos

MIS ETAPAS FAVORITAS 2008, 17ª etapa 23 de julio EMBRUN/ALPE D´HUEZ. Ganador: Carlos Sastre

Carlos Sastre celebra su triunfo en la cima de Alpe d´Huez, durante el Tour de 2008. TOUR DE FRANCE


No te levantes, Carlos, no. No hay que perder ni un segundo. No celebres nada aún. Cada instante es un tesoro. Cada segundo, un escalón hacia la gloria de París. El abulense Sastre, el hombre tranquilo, reventó ayer el Tour con un ataque para la historia en una cima de leyenda. Ganó en Alpe d’Huez. Y se vistió de líder de la carrera, con un minuto y 34 segundos de ventaja sobre Cadel Evans, su gran amenaza en la contrarreloj del sábado, en la penúltima etapa.

No lo hagas, Carlos, no. Piensa en Merckx, ni un regalo; en Hinault. Agachados sobre la bicicleta, con cara de perro, implacables, esprintando en los diez últimos metros. No te levantes, quédate sentado en el sillín, apretando fuerte el chupete que te ha serigrafiado tu marca de bicicletas, el que se hizo famoso hace cinco años en Aix 3 Domaines, celebrando tu primera victoria en el Tour.

Carlos, aprieta, como en los últimos kilómetros. Recuerda al gran Fausto Coppi, cuando machacó a Robic, sin piedad, como hacen los campeones. Recuerda aquella contrarreloj de Armstrong, implacable, frío como un témpano de hielo. Haz olvidar al imaginario del Tour que Alpe d’Huez es la montaña de los holandeses. Que sea la montaña de Carlos Sastre. No te levantes.

Era su sueño, el de su padre Víctor, el hombre que reclutaba a los mejores ciclistas de Ávila, al rebufo de la gloria de Ángel Arroyo, compañero de Perico Delgado, el ciclista que reventó el Tour y sacó a España de la siesta en 1983, el que obligó a TVE, la única, a incluir en su presupuesto las retransmisiones de la carrera francesa. De El Barraco, como tú, como Chaba Jiménez, tu cuñado, el ángel caído.

Todo sucede en Bourg d’Oisans, donde la carretera se convierte en una pared. Allí el ritmo regular de pedaleo se colapsa, la respiración se sincopa, las piernas empiezan a sentir pinchazos de dolor. Allí, después del Galibier, que sacó al pelotón del suelo; tras la Croix de Fer, con los ciclistas cocidos en su propio jugo por el trabajo admirable del CSC. De repente, camino del primer viraje, la curva 21, la que lleva los nombres de Coppi y Armstrong, Sastre habla con el líder, su amigo Frank Schleck. «Me voy», le dice. Se va. Sale Menchov detrás. Unos metros mas tarde, el ruso se vuelve a sentar, agotado.

«¡Venga, Sastre, venga!» le gritan los aficionados españoles de los primeros metros de la ascensión. Por delante, 20 curvas más, 13 kilómetros hasta la meta. Evans, desconcertado, se pone en cabeza de los perseguidores. Los Schleck parecen esfinges, a la rueda del australiano. Llega la segunda curva, la número 20, la Zoetemelk y Mayo. Evans aguanta, los hermanos Schleck controlan. Todo bien. La ventaja aumenta.

Camino de la tercera curva, la 19, de Kuiper, Menchov flaquea. En la 18 -también Kuiper- Evans tensa la cuerda, sin convicción. Le dejan hacer, crece la diferencia. Medio minuto. Riis, en el coche, sonríe. Las cosas salen según el guión. Todo depende de las fuerzas de Sastre, de las de sus rivales. Del autocontrol de los hermanos Schleck. Andy, el pequeño, sale a todas las refriegas; Frank, el mayor, prueba los ánimos con arrancadas fugaces. Allí, en el grupo, las fuerzas son parejas. Mientras, Sastre hace camino. A 8,5 kilómetros, antes de la curva 14, la de Winnen, es ya líder virtual, con el mismo tiempo que Schleck. Todo va muy bien, el español lo sabe cuando ve llegar al coche de su equipo al que los comisarios han dejado pasar ya. El campeón se pone de pie sobre los pedales, aprieta, el gesto sufriente pero decidido, los faldones del maillot abiertos, volando al aire, entre una marea indescriptible de pasión ciclista.

Atrás dejan hacer a Khol, a Evans, pero las cosas le van bien a Sastre porque Menchov, a su ritmo, ha conseguido llegar con ellos. Aumenta la ventaja: minuto y medio, dos. Está claro ya que el año que viene habrá una curva en Alpe d’Huez con el nombre de Carlos Sastre; será difícil que nadie pueda quitarle la ilusión del amarillo. Un desfallecimiento, quizá. Pero no desfallece. Aprieta. A cuatro kilómetros, a tres. Gana tiempo, todo lo que puedas Carlos. Allí está la meta. El último esfuerzo. La pancarta. No te levantes, Carlos, no. Piensa en Merckx, en Hinault, depredadores. Pero tiene un momento de debilidad, se levanta, alza los brazos, porque no piensa en Merckx ni en Hinault sino en El Barraco, en su sueño de toda la vida, el amarillo. En su mujer, en su hija de cuatro años, en su hijo, el del chupete, que tiene siete ahora y quiere ser torero. Gana, es el líder. Honor y gloria.

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