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Una mala noche…

IMAGEN SEVILLA CF
JON RIVAS

«Sevilla FC y Athletic Club sumaron un punto cada uno en un encuentro en el que ambos equipos se repartieron el dominio, cada uno en una mitad. Los primeros cuarenta y cinco fueron visitantes, adelantándose pronto con el gol de Capa y manejando el centro del campo. Desde el descanso, control blanquirrojo, que tuvo, más allá del empate, alguna que otra ocasión para haber reflejado más de un gol en su haber». Estas líneas entrecomilladas, asépticas, bastante ecuánimes, corresponden a la crónica del partido entre el Sevilla y el Athletic publicada en la página web del equipo anfitrión. El periodista a sueldo del Sevilla vio lo que la mayoría de quienes presenciaron el partido, observaron. En estos casos parece hasta lógico que alguien que pertenece a la nómina del club arrime el ascua a su sardina, pero quien escribió la crónica no lo hizo. Tampoco Jordan, uno de los protagonistas sobre el césped, con la camiseta del Sevilla: “Lo hemos intentado todo en la segunda parte. Pero la primera creo que no ha sido buena por nuestra parte, porque realmente no hemos jugado convencidos”. El argentino Ocampos opinaba prácticamente lo mismo: «Fue difícil en el primer tiempo, porque no encontrábamos el ritmo. Pero los cambios vinieron muy bien y el segundo tiempo salimos a jugar como salimos a jugar siempre». La crónica del Diario de Sevilla, escrita por el periodista Francisco José Ortega, arrancaba con un titular elocuente: «Menos mal que se lo marcaron ellos».

Casi todos los protagonistas coincidieron en el análisis. En realidad, todos menos uno: Julen Lopetegui, el hijo del levantador de piedras, al que nunca se podrá tildar de trabajador indesmayable, y no por su capacidad de trabajo, sino por su capacidad de desmayo, que acreditó mientras presentaba un programa de La Sexta hace ya algunos años. Creo que ya he contado alguna vez que cuando el Athletic jugó un partido de Champions en Oporto, mientras Lopetegui era entrenador del equipo portugués, los taxistas que me identificaron por el idioma, y fueron varios, me pidieron que, por favor, al marcharme me llevara facturado al entrenador de su equipo, que durante el partido recibió varias sonoras pitadas y que, como ocurrió en Sevilla el pasado viernes, tuvo que rectificar sobre la marcha y meter en el partido al ídolo local, Ricardo Quaresma, que fue, en definitiva, quien le ganó aquel partido frente al Athletic de Valverde.

En el caso de Julen Lopetegui siempre he pensado que su representante, Carlos Bucero, es un fenómeno, nunca bien pagado, porque le consiguió a su pupilo el banquillo de uno de los equipos punteros en Portugal, donde recibió diversos baños estratégicos, sobre todo a cargo de ese clon de Quique San Francisco que ahora entrena al Flamengo –Jorge Jesús–, después de haber entrenado a las selecciones inferiores de España, a las que llegó después de fracasar con estrépito en el Rayo Vallecano, que le destituyó enseguida, y el Castilla. Por si fuera poco, el siguiente escalón fue la selección absoluta de España, y después el Real Madrid, tras el escándalo de su destitución en la selección, días antes del comienzo del Mundial, por haber anunciado su fichaje por el club blanco, al que dejó en novena posición en octubre, con la Liga en su décima jornada. Aún así, Bucero enseguida le encontró el destino sevillista. Lo que digo, un fenómeno. Yo me pondría incondicionalmente en sus manos.

Pues bien, Lopetegui, con mañas de mal perdedor, le echó la culpa de su mal día frente al Athletic al árbitro. Fue «su» mal día, porque el esquema que planteó para recibir al conjunto de Garitano fue un desastre. Colocó de lateral a alguien que no es lateral, y al que se comió Capa, desorganizó el equipo y le regaló el medio campo a Vesga, que durante minutos pareció un mariscal, y a Dani García, que se comieron a Banega. Fue un ataque de entrenador de consecuencias nefastas para su equipo. La demostración de su gran error se sustanció en los dos cambios que hizo al comienzo de la segunda parte.

Pero sus excusas fueron de traca. La primera, referida al juego: «Les hemos permitido marcar y ese gol ha condicionado el partido». Pues claro, ¿qué se pensaba? Y si Kodro llega a tener dos décimas más de paciencia o Williams dos menos de dilación, hubieran sodo dos goles, claro. Luego habló de muchas ocasiones de su equipo, pero en las estadísticas sólo figura una parada de Unai Simón. Y más tarde, las quejas sobre el arbitraje. «¿Pero por qué una falta no es de tarjeta en el minuto 15 y la misma sí lo es en el 80? No es una crítica al colegiado ni una excusa, sólo un pensamiento, porque eso puede condicionar la forma de encarar el partido para un jugador». No es una excusa, dice, pero sí lo es. En un partido recio, de pierna fuerte, pero sin jugadas polémicas, Lopetegui esconde su fracaso en la actuación arbitral. Olvida, tal vez, que el único jugador que se marchó lesionado del campo fue Iñaki Williams, después de un rodillazo en el muslo, y que el mismo Iñaki recibió una tarascada, que era como poco tarjeta amarilla, en una acción en el último instante de la primera parte y que el árbitro no señaló aunque fue clarísima. Se olvida también del codazo a Dani García en un lanzamiento de córner, y de varias patadas más de los jugadores de su equipo, que se quedaron sin sanción.

A veces, dar una patada es inevitable. Así se juega al fútbol, pero darlas y luego quejarte del árbitro es inadmisible. Más todavía si se hace para tapar tus propias vergüenzas, como hizo Lopetegui. Tuvo una mala noche, que lo reconozca, rectifique y trate de cambiar, pero que no nos venga con milongas que ni sus partidarios compran.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. TJ79

    enero 5, 2020 at 3:07 pm

    Lopetegui =Vende humos

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