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La Supercopa

JON RIVAS

Por muchas explicaciones que dé Rubiales, que tampoco tiene demasiada facilidad de palabra, seguiré sin entender otras razones que no sean las económicas para que la Supercopa se juegue en Arabia Saudita, un país en el que todavía se decapita en las plazas públicas y en el que cortan las manos a los ladrones en aplicación de la ley islámica. Las milongas de haber conseguido que las mujeres puedan ir al fútbol, ¡a la grada que ellas quieran! y otras por el estilo, no son más que excusas baratas del presidente de la RFEF, que lo más probable es que se reviertan en cuanto los invitados del palacio de Las Rozas levanten las jaimas del campamento que han plantado en Riad, en un hotel de mil estrellas, claro, y regresen a casa, con la cuenta corriente de la Federación, eso sí, repleta de petrodólares. Hasta el año que viene.

No sé, a mí me da cierto resquemor, por no decir otra cosa, lo de meterse en tratos con tipos capaces de sacar en valija diplomática, hecho cachitos, a un señor que entró en la Embajada de Estambul para pedir los papeles que necesitaba para casarse, sólo porque los artículos que publicaba en The Washington Post no eran del agrado de la familia del rey Abdullah, que precisamente, da nombre al estadio en el que se juega la Supercopa y que acoge un auditorio y habitaciones de lujo diseñadas especialmente para albergar a los miembros de la familia real de Arabia Saudí.

Y aunque poco podemos hacer los ciudadanos de a pie, salvo, tal vez, evitar en lo posible frecuentar las delegaciones diplomáticas saudíes después de escribir un artículo crítico contra ellos, no está de más denunciar al menos con este altavoz a pilas los tropelías y las transgresiones de los derechos humanos, y también la complicidad de un organismo como la Federación, que blanquea en parte lo que sucede. No creo que sea esa su intención, pero la torpeza no tiene excusas posibles.

Dicho esto, hablemos también del despropósito de la competición en juego. A raíz de unas manifestaciones de Ernesto Valverde en las que viene a decir que no entiende que haya equipos «invitados» en la competición –léase Madrid y Atlético–, le he leído a un señor que se dedica a juntar números, y que lo hace con evidente éxito, aunque con las letras anda algo más justo, responderle al entrenador del Barcelona que cuando el Athletic jugó la Supercopa, con él en el banquillo, no había dicho nada parecido porque el equipo rojiblanco disputara la competición sin haber ganado ni la Liga ni la Copa. Y se equivoca el personaje, porque el 13 de agosto de 2015, en víspera del partido de ida de la Supercopa, Valverde sí comentó tal circunstancia: «No somos ni campeones de Liga ni de Copa, y aún así vamos a disputar un título. Trataremos de aprovecharlo». Y unos días después, antes de viajar a Barcelona, lo volvió a decir.

Pero esto no es lo sustancial del caso, porque cuando el Athletic jugó la final de la Supercopa contra el FC Barcelona, y la ganó por un resultado global de 5-1, estaba estipulado reglamentariamente que la jugarían el campeón de Liga y el de Copa, y en caso de que un mismo equipo consiguiera los dos títulos, disputaría el trofeo contra el subcampeón de Copa. Se podrían haber establecido otras reglas, pero fueron esas: claras, diáfanas, en vigor desde antes de que comenzaran las dos competiciones, y es que los reglamentos no se pueden cambiar después de comenzar cualquier torneo, o en mitad del mismo, que es lo que sucedió con la Supercopa que se está jugando allá donde todavía cortan cabezas amparados por la ley. Cuando comenzó la temporada 2018/19, estaba estipulado que la Supercopa la jugarían el campeón  de Liga y el de Copa –o es subcampeón, en el caso ya explicado–. Con ambas competiciones en marcha, el 28 de abril de 2019, la RFEF decidió cambiar las reglas del juego, además, tenido las cartas ya en la mano. Estipuló que jugarían la Supercopa el campeón y el subcampeón de Liga, y el campeón y el subcampeón de Copa, o el semifinalista con mejor palmarés en la competición.

Y ahí había una trampa evidente, porque en la fecha en la que establecieron las reglas, ya se conocían los finalistas, ya que las semifinales se jugaron dos meses antes; además, en la Liga ya estaban definidos los puestos, con el Barcelona campeón, el Atlético segundo y el Real Madrid tercero. Así que, sí o sí, el Betis, semifinalista de Copa, se quedaba fuera por el criterio de que jugara el equipo con mejor palmarés, el Real Madrid.

Imaginen qué pasaría si la Liga de Fútbol Profesional decidiese ahora, o en la penúltima jornada, que en vez de tres equipos deberían bajar a Segunda cinco. Se montaría un escándalo de dimensiones planetarias, porque para que sean lo más justos posibles, los reglamentos de una competición deben ser diáfanos y entrar en vigor antes de que la competición comience.

Además, hay que establecer criterios justos, o por lo menos, más presentables. Lo del palmarés parece un parche, o una componenda poco trabajada para meter en la Supercopa al Real Madrid, que es lo que, posiblemente, pedían nuestros hermanos árabes para soltar la tela. Hay muchos sueldos pensantes en la Federación como para poder inventarse algo más justo, como el ránking de la UEFA, por ejemplo: entra en la Supercopa el semifinalista con más puntos en el ránking UEFA. También es el Real Madrid, pero al menos se utiliza un baremo más equilibrado. Y eso de que en el caso que el Athletic llegue a semifinales de Copa, lo tendría mucho mejor que cualquier otro equipo, salvo el Barcelona. Porque, llevando el caso al absurdo, si se diera el caso de que durante los próximos cinco años quedara eliminados, digamos, el Villarreal en semifinales y en el otro lado del cuadro el Recreativo de Huelva, el Elche, el Sporting, Las Palmas o el Sabadell, y quedara una plaza libre para el semifinalista con mejor palmarés, serían estos últimos los que viajarían cada año a Riad, porque todos llegaron antes o después a una final de Copa y el submarino amarillo, pese a sus espléndidas temporadas en Primera, nunca lo ha conseguido.

Pero tranquilos: cambiará la norma para que los de siempre, y un equipo de comparsa, aunque hay ganado la Copa, como el Valencia, se repartan el dinero con la RFEF.

 

 

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