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Camino a la perdición

IMAGEN FC BARCELONA
JON RIVAS

En estos momentos, la cartelera cinematográfica presenta como novedad la última película de San Mendes, «1917», que narra las horas de las que dispone un correo británico de la I Guerra Mundial desde que recibe la orden de un general, hasta que la entrega en el puesto de mando donde debe evitar una tragedia. A mí me ha gustado, pero tal vez no tanto como otra de las cintas dirigidas por el realizador inglés, «Camino a la Perdición», en la que Tom Hanks interpreta a un asesino a sueldo empeñado en salvar su vida y la de su hijo después de ver como matan al resto de su familia.

Michael Sullivan, el personaje que interpreta Hanks, mantiene durante toda la película una actitud escéptica, melancólica a veces, con esa media sonrisa que también se puede ver a menudo en Ernesto Valverde sentado en un banquillo. El ya ex entrenador del FC Barcelona, también es un escéptico. Duda de las verdades reveladas; es una de esas personas que prefiere buscar él mismo las respuestas. Cuando regresó al banquillo del Athletic después de muchos años fuera de casa, sorprendió con una frase, que mostraba su lado cinéfilo, pero también su escepticismo, cuando apuntó que nunca segundas partes fueron buenas, salvo la de El Padrino, una afirmación en la que también desvelaba su indudable sentido del humor, que le ha servido más de una vez para desengrasar una rueda de prensa, o para eludir una pregunta molesta con mucha educación.

Un par de días después de que se anunciara su fichaje por el Barcelona, me topé con Ernesto Valverde en la calle, al girar una esquina. Los dos andábamos con prisa, así que el diálogo fue breve:
– Enhorabuena, Ernesto–, le dije.
–¿Enhorabuena?, ya veremos–, contestó.
En ese momento pensé que tal vez estaba actuando un poco, que aquella era una respuesta para salir del paso, pero puede que él ya intuyera en aquel momento que su fichaje por el FC Barcelona era un paso distinto a los que había dado en el Athletic, en el Espanyol, en el Olympiakos, en el Valencia, o incluso en el Villarreal, del que fue despedido. Puede que sintiera que comenzaba en aquel momento su camino a la perdición.

En la película de Sam Mendes, Perdición es el nombre de la casa en la playa en la que el protagonista se esconde, intuyendo que en cualquier momento aparecerá el asesino a sueldo que lo liquide. Valverde también sabía que este momento llegaría antes o después. Lo que posiblemente no intuyó es que se produjera de esta manera, con un presidente al que parecen superarle las circunstancias desde que accedió al cargo, y que se ha aferrado a él, en los momentos de crisis, desgajando las ramas más débiles para salvarse a sí mismo. Recordemos cómo despidió a Andoni Zubizarreta, cuando el Barcelona recibió la sanción de la UEFA de no poder fichar en varias ventanas de mercado. Necesitaba un  chivo expiatorio después de la derrota del equipo en Anoeta y se cargó a Zubi, el responsable de los fichajes de Jordi Alba, de Rakitic, de Luis Suárez y de Ter Stegen, que siguen siendo, años después, –salvo Rakitic, a quien el club pretende vender no se sabe por qué razones–, titulares indiscutibles, lo que habla a las claras de los fichajes posteriores.

Valverde ha ganado dos ligas y una Copa con el Barcelona; formó parte del estrepitoso fracaso en Champions frente a la Roma y el Liverpool. Ahora sacan estos dos partidos como detonantes de la situación; sin embargo, después del fiasco en la capital italiana, Valverde renovó por una temporada más con opción a otra, así que fueron los gestores del club los que decidieron que no era para tanto, y si Liverpool lo fue, deberían haberlo fulminado al acabar el partido, en el que, por cierto, no apareció ningún futbolista al rescate del equipo, ni siquiera Messi, al que se le atribuyen propiedades mágicas en las victorias, pero al que no se le achacan las derrotas. O entonces, o a final de temporada, un fin de ciclo más lógico para cualquiera, pero no para Bertomeu y su troupe.

Valverde, que le puso un punto de sentido común al banquillo, ha sido víctima de la madriditis de la directiva del Barcelona y de su entorno; de ese empeño de mirar de reojo lo que está haciendo el eterno rival y poner como patrón de medida los resultados del adversario. No hubiera sido tan trágico caer en la Supercopa si el Real Madrid también lo hubiera hecho. No es tan gordo un batacazo en la Champions si el equipo blanco también se estrella. Ese victimismo que parecía superado en el Barça hace unos años, está de regreso.

Por no hablar del estilo de juego. A Valverde se le ha criticado que no haya conseguido plasmar en el césped la misma forma de jugar que estableció Guardiola durante su periodo triunfal a las órdenes del Barcelona. Pero tampoco Luis Enrique lo consiguió –decían que ganaba al contragolpe–, ni el Tata Martino. De hecho, ni siquiera Guardiola juega ahora como lo hacía el Guardiola del Barça. ¿Por qué? porque los jugadores son otros. El club azulgrana tuvo la inmensa fortuna de unir en una generación fantástica a una serie de futbolistas fuera de serie. Liderados por Lionel Messi, con ventipocos años, con una defensa en la que Puyol era la experiencia y Piqué estaba en plenitud; como Busquets, que apareció de repente y se convirtió en el jugador ideal para su puesto. También muy joven. Y estaban Xabi e Iniesta, una pareja fantástica, que podrían haber hecho campeón a cualquier equipo. Y Villa, y Cesc, y Víctor Valdés en la portería. Todos en su mejor momento. Se alinearon las estrellas para montar un equipo de leyenda, casi invencible.

Pero ahora Messi tiene que dosificarse más, aunque sea el mejor; Busquets ha visto cómo pasaban sus mejores días; Pique ha madurado pero ya no es joven. Y los demás ya no están. Y no es lo mismo jugar con Xabi que con Arturo Vidal, qué quieren que les diga, ni se puede comparar a Rakitic con Iniesta. Frenkie De Jong es todavía una promesa, y a pesar de su fulgurante aparición, no parece que Ansu Fati vaya a ser el nuevo Messi. Suárez es un gran delantero centro, pero sólo eso, y Griezmann todavía no ha terminado de aterrizar. Son otros tiempos. El Barça tiene un equipo poderoso, pero su dominio no es insultante como hace siete años, ni posiblemente lo será en tiempo. Habrá que ver si Setién es capaz de sacarle más jugo al equipo, al que, no olvidemos, Valverde deja primero en la Liga y clasificado como primero en la Champions. Si no, Bartomeu habrá lanzado al Barça por el camino de la perdición. Por cierto, con la lesión de Luis Suárez tal vez podrían Bartomeu y su secretaría técnica plantearse el regreso de Boateng, ese delantero que le endilgaron el año pasado a Valverde.

 

 

 

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