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ATHLETIC

Por aclarar, nada más

JON RIVAS

Por aclarar, nada más. Hace unas semanas, me inventé una cuenta de twitter con un único propósito: lanzar un anzuelo y esperar a que pique el pez. Ni siquiera recuerdo qué nombre le puse. Era algo relacionado con el Athletic, claro, o con un antiguo piloto de Fórmula 1, no recuerdo. Entré en la web del club, me descargué el último número de la revista y saqué una captura de pantalla del artículo titulado: Un fichaje por amor, firmado, casualmente, por mí. O no tan casualmente, claro. Se lo envié a la cuenta anónima y cobarde de un grupo de hijos e hijas de lo más rastrero (y les puedo insultar con palabras gruesas porque no pueden responder con la misma moneda al ser tan cobardes), que en las últimas semanas la han tomado conmigo en esa red social, por una razón: no escribir a su dictado. Es decir, me reprochan, a base de insultos y con un lenguaje seudointelectual de todo a cien –utilizan mucho el relato, el compromiso, la implicación, la filosofía…– que no haya escrito nada contra la directiva, contra Elizegi, contra Alkorta, y me recuerdan que sí lo hacía en el caso de Urrutia. Afortunadamente, todavía puedo escribir sobre lo que me da la gana, sólo faltaba, aunque algunos tengan sueños húmedos con poder impedirlo.

Fallan tanto en el argumentario (esa palabra les vendría bien para sus tuits empalagosos), que me afean no criticar la rueda de prensa que dio Rafa Alkorta hace algunas semanas, después de hacerlo constantemente con las que ofrecía Josu Urrutia. Es una razón que se cae por su propio peso. Urrutia era el presidente del Athletic; Alkorta, no. Que repasen las hemerotecas los malnacidos y malnacidas a los que me refiero (me está gustando lo de insultar con impunidad) y encuentren los artículos en los que critico alguna rueda de prensa de José Mari Amorrortu, que era el homólogo de Alkorta en tiempos de Urrutia. Sería como equiparar una crítica al locutor que retransmite la Champions por televisión con alguno que hiciera sustituciones en el streaming del Athletic. No son categorías comparables.

Por cierto, me he ido por las ramas, así que vuelvo al tronco. Cuando he escrito la palabra streaming he recordado que en el club, o en el entorno del club, hay muchas personas que cobran o han cobrado de su presupuesto: fijas o eventuales, que tienen un sueldo mensual o que reciben un pago por sus servicios; o símplemente, que pisan moqueta a menudo y eso les alimenta el ego. Y si tiré el anzuelo a través de la cuenta de twitter creada ex profeso, fue porque imaginé que a los mamarrachos y mamarrachas de la cuenta anónima se les haría el culo gaseosa al ver mi firma en el artículo –bastante interesante, por cierto–, y sabía que enseguida lo relacionarían con algún pago de favores, como si todos fuéramos como ellos, o ellas, capaces, en algunos casos, de perder la dignidad por un puestito, o por evitar penas mayores.

Han tardado, la verdad, en entrar al trapo. Tal vez se fueron de vacaciones, como hice yo en julio, algo que no me perdonaron los prostitutos y las prostitutas envueltas en su presunto anonimato. Casi lo tenía olvidado, y el pez que ha picado ya estaba podrido, pero ahí está. En un tuit dirigido al jefe de prensa del Athletic, el, los o  las hijas de la gran chingada rebuzban a varios hocicos: «Está muy bien que tus amigos escriban ahora en la revista oficial del Athletic. Jon tiene que estar muy agradecido por este detalle. Qué bonita es la amistad», y lo ilustran con las dos capturas de pantalla que yo mismo envié, con el trazo amarillo que se me ocurrió utilizar a última hora en la firma, para que se vea bien quién es el autor.

Pero pinchan en hueso. ¿Agradecido por escribir en la revista del Athletic? Hombre, si fuera por amistad podría haber pedido a cambio que monten un equipo más en Lezama para que juegue mi hijo, que no es muy bueno con la pelota, pero es del Athletic a muerte. ¿Pero escribir un artículo? Se lo agradecí en su momento a Karmel Ariño, que era amigo de mi aita y consiguió que empezara a publicar mis primeros artículos en una revista de la que él era gerente, a principios de los años 80 del siglo pasado. Ya murió, pero lo tengo en mi recuerdo, y cuando escucho cantar a su hijo Santos, gran barítono, siempre me acuerdo de aquel primer reportaje que me pidieron. Era sobre cotos de caza, qué cosas. Ah, y aunque tuvimos nuestras diferencias, también se lo agradezco todavía a Kepa Bordegarai, que era el director de aquella revista.

Desde entonces, he escrito más de 15.000 artículos, y digo una cifra aproximada. En el archivo de El Mundo, cuando me despidieron con un ERE en el que caímos 150, había alrededor de 10.000, y calculo que llevaré otros 5.000 en otras publicaciones. En dos años en EL PAÍS, llevo más de 400. Pienso que mi vanidad, que todos la tenemos, ya está bastante completita con tanto escribir. Hacer un artículo más para el Athletic, que sólo he visto en el PDF que recorté para lanzar el anzuelo, no me hace sentirme agradecido con nadie, teniendo en cuenta que no cobré ni un euro por él. Ya pueden escrutar las cuentas del club las hienas que se lanzan a por la carroña, que al lado de mi nombre sólo encontrarán un ingreso a favor del Athletic de 800 euros, correspondiente al pago de mi cuota de socio. Desde que me pidieron el reportaje, de forma urgente, porque como sucede muchas veces en cualquier publicación, se les «cayó» el que tenían previsto publicar, quedó claro que era gratis total. Bueno, no tanto. Nika Cuenca, el enemigo número 1 de la jauría de malnacidos, me prometió invitarme a una cerveza, y ni eso me he podido cobrar, porque cayó el confinamiento poco tiempo después, y creo que sólo le he visto dos veces después, de pasada. Como no soy asiduo, y ni siquiera eventual, a la zona en la que se mueve, ahí sigue la cerveza sin pagar. Era un reportaje largo que tenía aparcado, sobre un jugador nacido en Bilbao, afincado en Chile y que jugó unos meses en el Athletic, y sólo tuve que buscarlo en el disco duro de mi ordenador, quitarle los restos de naftalina y enviarlo. Hasta las fotos les facilité.

Ni he recibido trato de favor de la junta directiva, ni lo espero. He saludado media docena de veces a Elizegi; he hablado tres veces en mi vida con él, la más larga, en una entrevista antes de las elecciones. No me han filtrado nada, no me han invitado al palco, nunca me regalaron una camiseta (sólo el Málaga me envió una cuando estuve trabajando allí)*, ni me llegaron cestas de navidad –no sé si las mandan–. Al txoko de Ibaigane me llevó Macua, que antes me había vetado la entrada en San Mamés, Urrutia me consiguió dos entradas para el Tottenham-Athletic en el que debutó Bielsa. Una vez en mi vida pude estacionar mi vehículo en el aparcamiento subterráneo de San Mamés. Fue el pasado viernes, durante el partido Atlético de Madrid-Barcelona de la Champions femenina, y no fue el Athletic el que me facilitó el pase, sino la UEFA. Comprendí, eso sí, por qué algunos tienen tanta nostalgia de lo que pudo haber sido y  no fue. Me sentí un afortunado y es normal que haya quien añore esos privilegios, que se esfumaron, tal vez, por un error de cálculo o un exceso de jactancia, y no, desde luego, por parte del oponente de Elizegi en las elecciones.

(*) También tengo una camiseta del Getxo, con el 10 de «Tuto» a la espalda.

Postdata: A los que leen este artículo y acuden luego a los tuits de los buitres que vomitan sus deposiciones en la red, les pido que hagan una reflexión: ¿No consideran que están viendo en vivo un acoso en toda regla? Sí lo creen, por favor, denuncien la cuenta de twitter.

 

 

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