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TOUR 2020

Pogacar nos alegra el día

Egan Bernal, ganador del Tour 2019, en mitad del pelotón durante la etapa. © PAULINE BALLET / ASO

CAZÈRES-SUR-GARONNE / LOUDENVIELLE (141 Kms.)
GANADOR: NANS PETERS
LÍDER: ADAM YATES


Puede ser que a la hora que escribo estas líneas, y si ha llegado ya al hotel, que salir del embudo que se forma en la meta de Loudenvielle no es nada sencillo, Mikel Landa se esté dando de cabezazos contra la pared de la habitación antes de recibir el masaje de todas las tardes. La inadmisible situación en la que le dejó el abanico de Castres después de la anterior etapa le habrá hecho reflexionar sobre lo que podría haber sido y de momento no es, relegado como está en la clasificación, a un minuto y 21 segundos de los máximos favoritos. Podría estar en ese grupo de elegidos, pero el despiste, que habrá que llamarlo así, lo está pagando muy caro, a la vista de lo que ha sucedido en la primera gran etapa de montaña en los Pirineos, en la que se han destapado las vergüenzas de unos cuantos y a otros se les vio sujetos con hilvanes a la clasificación.

La ascensión a Balés primero, y después al Peyresourde, que fue el primer gran puerto que se ascendió en la centenaria historia del Tour –aunque hay que decirlo: ahora está mejor asfaltado–, sirvió para separar la paja del grano, para destapar algunas caretas y también para acabar con las razones publicitarias que, año tras año, empujan a los medios franceses a considerar a Thibaut Pinot como uno de los favoritos para ganar el Tour. Hace una semana exactamente, L’Equipe le otorgaba tres estrellas sobre cinco, y le colocaba en tercer lugar entre los aspirantes, detrás de Bernal y Roglic, faltaría más, y por delante de Dumoulin, Quintana y Pogacar, a los que sólo concedía una estrella. Como sucede con cualquier ciclista francés que destaca –y veremos que el próximo será Guillaume Martin–, suena el ruido antes de que se vean las luces, y eso, como sabe cualquiera con elementales conocimientos de física, es materialmente imposible.

En Balés se destapó un poco la farsa del equipo Jumbo, el de Primoz Roglic, que da la sensación de aparentar más de lo que tiene. No él, precisamente, sino la escuadra que le protege. Parecieron poner los hombres de amarillo y negro un ritmo intenso al pelotón y poco a poco fueron cayendo agotados, aparentemente, por ese ritmo infernal. Gesink ponía un rostro feroz, o como se suele decir, cara de velocidad, pero bastaba fijarse en la parte superior izquierda de la pantalla de televisión para comprobar que ese ritmo tal vez no era como el de la máquina de picar carne del US Postal de Armstrong, el ciclista que no lo fue, en sus buenos tiempos, o como el del Ineos cuando se llamaba Sky y todos eran británicos y felices, porque la diferencia con los escapados, que llevaban ya una tralla considerable en las piernas, bajaba muy lentamente. Si los presuntamente más dotados corredores del Jumbo, no descontaban segundos a cada pedalada era porque su velocidad no era tan alta como parecía. Y por no hablar del Ineos, antes llamado Sky, que se ha descompuesto antes de tiempo, y no se deja ver por la cabeza casi nunca. ¿Será porque Bernal no está tan bien como el año pasado?

Lo cierto es que con las piernas machacadas tras la ascensión a Balés y un descenso esquizofrénico, algunos empezaban a estar incómodos incluso con ese ritmo. Unos, como Dumoulin, que teóricamente era el que ponía la música, hablaban con frecuencia por el pinganillo pidiendo un poco de paz. Otros, como Pogacar, se sentían incómodos tal vez por lo contrario, porque veían que el ritmo les iba a hacer perder el tren del Tour, porque estaban entrando al engaño de creer, como los aviones de reconocimiento nazis que pensaron que aquello globos hinchables enfilados hacia Calais eran tanques de verdad, que nadie podría superar aquella velocidad en el Peyresourde. Pero Pogacar no se dejó engañar. Lanzó un ataque y nadie le pudo seguir. Ni Roglic, que lo intentó, ni Bernal, que lo pretendió. ¿A ver si el mejor esloveno es él? Los dos se quedaron sin equipo, y a los aficionados a los que les gusta la pelea en todas las etapas, el rebelde Pogacar les alegró el día. A Landa, sin embargo, se lo amargó, porque el vasco vio en un instante lo que pudo haber sido y no fue. Él también cogió ventaja en la ascensión, y nadie tuvo piernas para seguirle. Queda más montaña, estaremos atentos.

 

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