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HISTORIAS ROJIBLANCAS

Rompecascos y otras especies

Rompecascos, con la bandera del Athletic, en un partido en Atocha.


En tiempos pasados, se decía, hubo quien viajó a una final del Athletic después de vender el colchón. No es un caso único en el fútbol mundial, o al menos en el universo rojiblanco, porque avisan desde los bancos que después de conocerse que el equipo bilbaino jugaría la final de Copa en Barcelona, se dispararon las solicitudes de pequeños créditos en muchas sucursales de la capital vizcaína.

La afición, ya se sabe. Incondicional, desde siempre. Seguramente hubo quien ya se arruinó cuando la compañía del ferrocarril que unía Bilbao con San Sebastián ofertó billetes combinados con entradas para alguno de aquellos primeros duelos de rivalidad que solían acabar a pedradas.

Pero en este aspecto, el de animar, siempre han existido clases. Están los seguidores anónimos, que silban, aplauden, celebran los goles y se van a casa; están los que nostálgicos de los viejos tiempos siguen viendo de pie los partidos, desgañitándose los 90 minutos. Otros nostálgicos del verano, que se quitan la camisa con temperaturas bajo cero, y también está Rompecascos, que es quien encabeza el ránking de animadores rojiblancos de toda la larga y fructífera historia del club bilbaino.

Rompecascos, que en realidad se llamaba Gabriel Ortiz López, es lo que en Bilbao siempre se llamó txirene, es decir, un personaje simpático, a veces cansino, sobre todo después de unos tragos, y más de calle que de casa. De hecho, este tipo de personajes tipificados como txirenes, nunca hicieron gracia en casa propia sino en bar ajeno, que es donde pasaban más tiempo que en el hogar.

Rompecascos, y lo dice su apodo, tenía como especialidad romperse botellas vacías de cristal en la cabeza, con su técnica de mirada al tendido, golpe seco con la mano derecha sosteniendo el envase, en plena cocorota, y después un grito: «¡Pa los pollos!», al arrojar el gollete al suelo como sin darse importancia. Al parecer, según cuenta la leyenda urbana, Gabriel se convirtió en un especialista de la cosa, cuando a los 21 años, un marinero noruego, grande como un armario, le rompió una botella en la cabeza. Según contaba el propio Rompecascos, la escena fue similar a las de las películas de la saga Trinidad, cuando el que recibía era Bud Spencer. Quien acabó en el suelo fue el noruego después de recibir el mamporro de bienvenida por parte del seguidor rojiblanco que le dio en la otra mejilla.

Rompecascos, natural del barrio bilbaino de Santa Cruz, vino al mundo en 1920, cuando el Athletic ya había ganado unos cuantos títulos de Copa, porque aún no existía la Liga, y la fiebre rojiblanca se le extendió muy pronto por el cuerpo, porque a los 16 años ya decidió viajar en un camión de pescado a ver al Athletic en Barcelona. Todo un personaje, especialista en pasarlo lo mejor posible, en el fútbol, los toros. Tenía cinco hermanos, y contaban sus vecinos que era el más pícaro.

Fue, también, el creador del grito que aún perdura, y que forma parte del himno del club, ese ¡¡¡Athleeeetic!!! repetido tres veces que se responde con el clásico eup, en todos los partidos. En sus momentos de más fama se atrevió incluso a romper vasos de chiquito, esas moles de vidrio que pesaban medio kilo; y a romper nueces, que ponía en fila en el suelo, con el trasero.

Rompecascos murió hace ya un par de décadas, pero su espíritu, de forma más discreta, caló en otras personas que también conviertieron en una religión animar al Athletic de las formas más variadas, e incluso disparatadas.

Un ejemplo es Jesús, el txapelas de Usansolo, al que ya se veía en primera fila, tras los banquillos en filmaciones que ahora parecen rancias, celebrando los títulos de Liga de los años ochenta. La txapela, sin embargo, comenzó a coger impulso cuando las cámaras de vídeo empezaron a proliferar en los estadios no sólo para recoger lo que ocurría sobre el terreno de juego sino fuera de él. A Jesús, la aparición de programas como El día después, le impulsaron al top ten de los seguidores del Athletic.

A su estela, un trío de artaburus, como ellos mismos se denominan: Txo, Potxolo y Morrosko, que también se colocan en la primera fila de la grada y que hacen chocar sus generosas barrigas con cada gol del Athletic. Sus grandes puros, y las llamativas camisas hawaianas de colores siempre rojiblancos, les situaron en lo más alto, sobre todo en aquella famosa semifinal de Copa frente al Sevilla en San Mamés, en la que la afición se inventó una canción sobre la marcha en la que el protagonista era José María Del Nido, que ahora cumple pena de prisión, por lo que tal vez sería de mal gusto recordar la letra en estas líneas.

El trío en cuestión viaja a muchos partidos en su artaburomóvil, pero hay otros especímenes rojiblancos que lo hacen en avión. Son personajes más discretos, al menos entre el gran público. Son carne de portada de periódico local en cada desplazamiento aéreo a un partido europeo. En realidad son gente seria que se transforma con la tarjeta de embarque en la mano. Está Juan Antonio Zuluaga, el que siempre agarra la bandera con timidez en la foto de El Correo, y que por algunos días deja en manos de sus colaboradores la empresa de bombas industriales que dirige con éxito.

En la foto también es facilísimo reconocer al simpar Taramona, con su gorro ruso de invierno, aunque sea verano, eficaz empresario automovilístico. Y a varios hosteleros, como Óscar Cavia, de Laukiz, que pagó 3.750 euros en una subasta por la camiseta de Julen Guerrero y se pasea por Europa en pijama rojiblanco de corazones con gorrito y todo, o el simpar Perejil, de Ea, a quien ni su médico le puede suprimir los sartasos espirituosos que se pega en el avión de ida y en el de vuelta. Su generosidad no tiene límites. Sólo los que pone la hora de cierre de los establecimientos públicos europeos.

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