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LOS CROMOS DEL ATHLETIC

La guerra de Ronnie Allen

TEMPORADA 1969/1970

Un policía inspecciona la maleta de Ronnie Allen en la aduana del aeropuerto de Sondika, a su llegada a Bilbao. © GERMÁN ELORZA.

El álbum de la Liga de la temporada 1969/70  de la editorial Disgra, costaba diez pesetas. Curiosamente, al año siguiente bajó el precio. Eran fotografías en primer plano de los jugadores y por detrás aparecían los datos que en el frontal no se indicaban. La portada de esa temporada era una fotografía de Iribar volando para atrapar un balón, sin guantes y en pugna con un jugador del Granada, en un  partido jugado en el antiguo Los Cármenes. Debía estar el terreno seco, porque el Chopo utilizaba rodilleras.


Sucedió un 30 de julio, cuando el verano estaba en su esplendor. Ese día comenzaban los entrenamientos del Athletic en San Mamés. Con la familiaridad de haberlo hecho con asiduidad, el fotógrafo de La Gaceta, Cecilio Fernández, entró en el vestuario rojiblanco. Llevaba en la mano una carpeta con 15 fotografías que había realizado un par de meses antes, con motivo de la final de Copa que bajo la dirección de Iriondo habían ganado los bilbainos.

Eran un regalo. José Ramón Larrauri se las había pedido y Cecilio realizaba gustosamente el encargo. Pero sólo había dado un par de pasos en la caseta cuando le salió al paso Guillermo Perdiguero, el masajista, que había sustituído a su tío, Perico Birichinaga unos años antes, y le ordenó que saliera de allí. «Sólo pueden entrar los jugadores, los técnicos y los auxiliares», le dijo. La conversación subió de tono. «Se le conminó a salir en términos inadmisibles», apuntaban los periódicos. Al parecer, Ronnie Allen seguía la conversación a distancia, sin decir nada.

Los cromos de la temporada 1969/70 de la editorial Disgra.

Como es lógico, el fotógrafo salió encendido del vestuario. Fuera, en el césped, estaban los demás periodistas, porque minutos después se iba a proceder a presentar al equipo, así que encontró el caldo de cultivo adecuado para sus quejas. Cuando apareció el presidente, Félix Oráa, le plantearon la cuestión. «Como es lógico, el club dará todas las facilidades», pero en cuanto a los jugadores y el entrenador… Ese era otro cantar.

Habló Ronnie Allen y dejó las cosas claras. A él le podrían llamar por teléfono a su domicilio. A los futbolistas, sólo pasando por el filtro del entrenador o de la persona que él designara. Las últimas palabras de Ronnie Allen encendieron más a los periodistas: «El Athletic es como una familia, pero como club tiene que ser más profesional».

La prensa reaccionó mal. «¿No se habrá sobrepasado la directiva al cederle al manager responsabilidades y atribuciones», decían los artículos de opinión que recomendaban: «Zapatero a tus zapatos». El clima se fue enrareciendo. Los comunicados del Athletic y la prensa se entrecruzaban. El club reafirmó la autoridad de Ronnie Allen y la asociación de periodistas de Bizkaia calificaba de telón de acero el muro impuesto por el club con los medios de comunicación. «Abusiva, injusta y ridícula», llamaban a la medida de la directiva de que las entrevistas a los jugadores se realizaran con conocimiento de la directiva «a través del señor Allen»

Lo peor fue que el enfrentamiento entre el club y la prensa llegó a los aficionados, que se posicionaron a favor de Ronnie Allen. Durante el primer partido de Liga en San Mamés, frente al Mallorca, una buena parte de la tribuna se levantó y exhibió pañuelos contra los periodistas. Lo apuntaba La Gaceta en su edición del 16 de septiembre. En el apartado de «lo peor» del partido señalaban: «El comportamiento de un sector del público antes del partido, con un grupo de profesionales de la información que estaban cumpliendo con su deber».

Los periodistas le pusieron la cruz a Ronnie Allen, no le pasaban una. Sin embargo, el equipo que dirigía crecía cada jornada. Los jugadores no daban entrevistas, el público increpara a los periodistas y el Athletic escalaba a lo más alto de la Liga. El 5-0 al Real Madrid fue el punto culminante. El equipo bilbaino era líder de laLiga y en sus manos estuvo ganarla, pero un final desastroso, con tres derrotas en las tres últimas salidas -bastaba con ganar en una-, permitió que fuera el Atlético de Madrid quien se la llevara.

Allen clasificó al Athletic quinto en su segunda temporada; el club le despojó de su cargo de manager para convertirlo en mero entrenador, y cuando en noviembre de 1971 fue destituído con el equipo en última posición de la Liga y eliminado de Europa, nadie en la prensa lloró por él.

«Adiós, good bye, basta ya de camelos», escribía José MariMúgica, que pedía también la dimisión del presidente Oráa, porque «hay más de un culpable». Allen había llegado a decir que se iría del Athletic cuando le reconocieran como el mejor entrenador del mundo, pero no le dio tiempo.

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