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GIRO 2022

Se despide el tiburón

Vincenzo Nibali anuncia en su ciudad que dejará el ciclismo cuando acabe la temporada

Vincenzo Nibali saluda a sus paisanos a la llegada del Giro a Mesina. © GIRO DE ITALIA.

JON RIVAS

Arnaud Demare se trabajó la victoria en Mesina. Su equipo, el Groupama, puso a trabajar toda la maquinaria, junto al Alpecin, el UAE y alguno más, para que el puerto de segunda categoría que había en el recorrido se les hiciera muy duro a Cavendish y otros velocistas a los que no hubiera sido sencillo despegar en los kilómetros finales, y mucho menos, en la recta de llegada, de casi 800 metros.

Pero el ciclista francés, así como el lebrijano Juanpe López, a quien, por cierto, el Betis todavía no ha felicitado al menos en público, que son los que se llevaron la gloria del podio, uno por su triunfo de etapa y el otro porque seguirá vestido de rosa al menos un día más, no pudieron ocultar que el protagonista del día era Vincenzo Nibali, que en su localidad natal, en la que finalizaba la etapa, aprovechó para comunicar al mundo del ciclismo que se retira. El veterano campeón, vencedor en mil batallas, el ciclista valiente, aguerrido y que brindó a su país el primer Tour de Francia desde los tiempos de Pantani, dirá adiós cuando acabe el año. pero quería comunicarlo en su ciudad: «Estuve esperando esta etapa durante bastante tiempo. Aquí en Mesina es donde comencé a montar en bicicleta y a entrenar, así que quería confirmar que este es mi último Giro y mi última temporada».

Se va un campeón, uno de esos héroes capaces de ganar las tres grandes carrera por etapas, una hazaña que sólo siete ciclistas han conseguido: Anquetil, Gimondi, Merckx, Hinault, Contador, Froome y también Nibali, el nieto de un emigrante que se marchó a Perth, en Australia en 1958, para buscarse la vida, y pudo regresar 28 años después a Mesina. Con el dinero que ahorró se compró la casa familiar a las afueras. Allí, en el sur, en la ciudad que tuvo que ser reconstruida totalmente después del violento terremoto de 1908, donde azota el siroco que llega de África, nació Vincenzo, en una familia modesta, trabajadora, que vivía de la tienda de vídeos, regalos, souvenirs y material de oficina que regentaba su padre, Salvatore. Llegó a tener dos, pero tuvo que cerrar uno de los establecimientos por la crisis azotó con fuerza a la isla, en la que después de 2008 echó la persiana el 60% del comercio. Las tiendas de películas dejaron de ser un negocio con el pirateo por internet.

Nibali se crió en la casa de sus padres, en el número 143 de la calle Cesare Battisti, muy cerca de la plaza del Duomo. Dicen sus amigos de la infancia que era un niño inquieto; que todos los médicos del ambulatorio local conocían su nombre porque acudía con frecuencia, con las heridas y los golpes de sus juegos infantiles de los que conserva unas cuantas cicatrices. Estudió sin demasiado interés, en la escuela Tomasi Canizano. Ya por entonces era una pequeña celebridad local con la bicicleta. Su padre le inscribió en su primer equipo, el Pietra Fitta, y comenzó a ganar. Sin embargo, en el deprimido sur era complicado progresar. Después de vencer en una carrera en la Toscana, un directivo del equipo Mastromararo, Carlo Franchesci, le invitó a fichar por ellos.

A los 15 años, como su abuelo, cogió la maleta y emigró. Para la familia Nibali, la Toscana era casi como Australia. El directivo del Mastromararo le alojó en su casa, junto a su familia. Se convirtió en su segundo padre. «Así que no me pregunten sobre el dopaje, porque les cuento mi vida, y cómo desde los 15 años estoy fuera de casa, y sólo regresaba por las fiestas de Navidad a Messina. Tuve muchos momentos de soledad», decía. Su padre, que está orgulloso de la carrera de su hijo, le advertía, sin embargo, de que como algún día apareciera su nombre en una lista de dopaje, le arrancaría los ojos. Y recordaba: «Le llaman tiburón por una carrera que ganó con 17 años y en la que sacó una ventaja increíble». Ya entonces destacaba entre los de su edad.

Luego llegó todo lo demás, sus grandes triunfos, y también su declinar en los últimos años, cuando las fuerzas no daban para más. Entonces tuvo que soportar algunos desprecios. Fue entonces su mujer, Rachelle Perinelli, la que salió al paso: «¿Ya no ganas?» Entonces hay que apartarlo y ofenderlo como se hace con los ancianos, con los niños con discapacidad y con las personas que tienen dificultades en esta sociedad. Este es el mundo de los leones del teclado, de esos que se esconden detrás de sus seudónimos». Pero no hacía falta. Su palmarés le defiende sin  tener que escribir nada. El tiburón del Estrecho se va, y mientras los ciclistas, los auxiliares, los organizadores y los periodistas apretaban el paso para embarcar en el puerto y cruzar hacia la península itálica, en esa travesía de menos de media hora, Nibali se despedía de sus paisanos, que tardarán en ver a otro campeón de su talla.

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