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La victoria póstuma de Aitor Elizegi

Aitor Elizegi durante la Asamblea de aprobación de los Estatutos. © ATHLETIC CLUB.
JON RIVAS

Después de escuchar el resultado de la votación que aprobó los Estatutos y metió de lleno al Athletic Club en el Siglo XXI, me vino a la cabeza la última escena de la película El Cid, de Anthony Mann, que protagonizaron Charlton Heston y Sophia Loren, y en la que el campeador, que había fallecido horas antes por las heridas en combate, ganó su ultima batalla después de muerto. Dicen que lavaron varias veces su cuerpo, lo enjuagaron con bálsamos de los pies a la cabeza, lo armaron con cotas de malla y yelmo de acero, lo vistieron con talares blancos y, con la tizona en la mano, los ojos abiertos y las barbas aderezadas y limpias, lo subieron a lomos de Babieca para espanto de los almorávides, que huyeron. Al margen de que toda la vida del Cid es casi una leyenda, esta última secuencia cinematográfica lo es más, porque es un invento de los monjes de un monasterio, el de San Pedro de Cardeña, para recibir más donaciones.

Y me recuerda a la Asamblea porque Aitor Elizegi hace meses que había tirado la toalla en el plano personal. Decidió que los sinsabores, los ataques e incluso las burlas hacia su gestión se tenían que acabar de la forma más drástica, es decir, renunciando a presentarse de nuevo a unas elecciones. El suyo, pensó, sería un mandato de cuatro años; menos todavía porque una de las promesas que había hecho en su campaña era la de devolver la elección a las fechas habituales y no convocar comicios como la última vez, en medio de la Liga. Simbólicamente, Elizegi estaba muerto como presidente, pero todavía quería dar la última batalla, y ganarla, la de los Estatutos. Después de dos años de trabajos con la comisión que se formó al respecto, con la aportación de centenares de socios, apuró las fechas para poder marcharse del cargo con la satisfacción del deber cumplido. Para cuadrarlas, incluso, debió hacer malabares. No era ya presidente a la hora de la celebración de la Asamblea General Extraordinaria. Estaba en la mesa como componente de la comisión de elaboración de los Estatutos, que no son perfectos, desde luego, pero resultan imprescindibles.

Hace unos días publiqué en El Correo un artículo en el que expresaba mi disconformidad con un punto concreto de los nuevos textos en el que se denomina a San Mamés como Estadio, cuando siempre ha sido Campo de San Mamés, pero también anunciaba mi inequívoco apoyo a los Estatutos que, entre otras cosas permiten ir cambiando aspectos puntuales del mismo a través de iniciativas de los socios, cuyo mecanismo no voy a ponerme a explicar. Tal vez cuando no tenga otra cosa que hacer, emprenderé una de esas iniciativas y buscaré el apoyo de los socios para cambiar ese artículo concreto, porque ahora se puede hacer mucho más fácil que hasta ahora. O quizás no, quién sabe.

Eso que yo entendí, lo entendieron también la gran mayoría de los compromisarios que acudieron a la Asamblea, e incluso algunos lo expresaron de viva voz. Una compromisaria lo resumió en un gesto de generosidad. Desgranó una larga lista de artículos con los que no estaba conforme, pero aseguró que votaría a favor de la aprobación del texto. Entendió, como muchos, que el bien mayor eclipsaba los aspectos negativos que, a su parecer, podían encontrarse en los nuevos estatutos.

Pero hay un aspecto de la reunión de los compromisarios que no acierto a calibrar: la negativa de 215 de ellos a votar por la modernidad. ¿Por qué lo hicieron? Y la pregunta viene porque ninguno de ellos salió a la palestra a argumentarlo. Votaron que no y ya está, sin más explicaciones, como si el resto de los socios no las merecieran. Estoy convencido de que muchos de ellos quisieron darle un voto de castigo, otro más, a Aitor Elizegi. Sólo por haber ganado las elecciones hace tres años y medio. Y casi lo consiguen, porque la euforia de un resultado positivo no puede nublar la vista. Se necesitaban el 66,6% de los votos a favor para aprobar los Estatutos, y la propuesta salió adelante con el 69,2%. En números reales, el “sí” ganó por 21 votos de diferencia. Si un par de docenas de compromisarios que aprobaron los estatutos, se llegan a quedar en casa, Elizegi habría cosechado otra derrota, porque los del “no” suelen ser inasequibles al desaliento, prietas las filas. Tampoco comprendo a los once compromisarios que votaron en blanco, o a los nueve votos nulos. ¿Esos socios qué piensan? No se puede ser neutral, como no lo debieron ser Barkala y Arechabaleta, dos de los precandidatos a la presidencia del club en un asunto de tanto calado. Ahí, el otro precandidato, Jon Uriarte, les adelantó por la derecha y por la izquierda. Dijeron ambos que respetarían la decisión de los compromisarios, lo cual es una perogrullada. Sólo faltaba que no la respetaran.

En fin: Elizegi ganó su segunda batalla después de muerto, porque la primera, la de la grada de animación, también se la llevó cuando ya se sabía que no concurriría a las elecciones, y, como lo de los Estatutos, también era una promesa electoral. ¿Qué incumplió otras? Seguro, pero transmite una herencia que sus antecesores no pudieron dejar.

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