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TOUR 2022

El hotel Bristol

TOUR DE FRANCIA / DECIMOQUINTA ETAPA

El líder, Jonas Vingegaard, se refresca durante la etapa que finalizó en Carcasona. © CHARLY LOPEZ / ASO.

RODEZ / CARCASONA (202,5 KMS.)
GANADOR: JASPER PHILIPSEN LIDER: JONAS VINGEGAARD


Si alguna vez viajan a Carcasona, nunca se alojen en el hotel Bristol, si es que todavía existe, que seguro que sí. No es recomendable reservar habitación en un establecimiento en el que, ya de primeras, te da la bienvenida una recepcionista oriental acariciando un gato que está sobre el mostrador, y que luego escapa entre las piernas y las maletas de los cansados viajeros. Las habitaciones son infames, asquerosas. Un colega con el que compartía coche y hotel, aunque nunca habitación, decidió un año pedirle a su mujer que, con motivo del aniversario de boda, viajara hasta la ciudad francesa para pasar allí un par de días aprovechando la jornada de descanso del Tour. Menos mal que había amor, porque de otra forma, el Bristol hubiera sido motivo de ruptura.

Me alojé allí dos veces. La primera ignorante de lo que me esperaba; la segunda, sin percatarme, hasta llegar, de que aquella pesadilla de hotel era el mismo que unos años antes, con la misma recepcionista oriental acariciando el gato. No hubo una tercera vez, porque cada vez que el Tour llegaba a Carcasona, le pedía expresamente al responsable de la agencia de viajes, que eliminara aquel establecimiento, en el que nunca me atreví a desayunar, de la lista de alojamientos. Claro que la primera vez que tomó nota fue peor: me envió a otro al que ni siquiera me atrevía a entrar, del aspecto terrorífico que tenía por fuera. Vi que enfrente había un Ibis, llamé a mi colega, le pregunté y tuvo la fortuna de que les quedaban dos habitaciones que reservé. Al año siguiente, el edificio de aquel hotel estaba cerrado y en ruinas.

Viajar con el Tour hace unos años, era jugársela con los hoteles. Si los de la Vuelta a España siempre son bastante apañados, por no decir lujosos, y los del Giro pueden tener una media de notable, los de la carrera francesa son a veces rijosos e inhabitables. Más de una vez he tenido que cambiar. Tengo una lista de hoteles malditos. En principio, todos los que se llamen Hotel de París, hotel de La Gare (Estación) y hotel Europa. Luego, todos los de Lourdes, ciudad tétrica donde las haya, que te cierran el desayuno a las 8.30 de la mañana, porque todo el mundo se va antes a las procesiones madrugadoras. Huele allí a desinfectante. El colega del que hablo, se encontró una vez una gasa sangrante al abrir la cama. Nuestro agente de viajes tenía prohibido alojarnos en la ciudad de los milagros.

Después, en la lista de nombres concretos, el hotel Escatel de Macon, la ciudad de Griezmann. Entramos, vimos las habitaciones y salimos pitando, 200 kilómetros para buscar camas limpias. También el hotel de la Gare de Lanemezzan está en mi lista negra. Tuve suerte, porque me pilló un espectacular atasco, el día que ganó Roberto Laiseka en Luz Ardiden, así que llegué de madrugada. Pasé pocas horas sobre uno de esos colchones que se hunden por el medio, y con esas almohadas de rollo sobre las que es imposible colocar la cabeza. También hay algún otro del que he salido pitando por el intensísimo olor a tabaco de una habitación para no fumadores. Y muchos más.

Son inconvenientes de una carrera tan grande que debe alojar a miles de personas cada día. Estoy seguro de que cada periodista, cada seguidor del Tour, o cada ciclista tiene historias que contar en este aspecto.

Otra vez habrá gente que tenga que alojarse dos noches en el Bristol de Carcasona, donde llega la jornada de descanso. Afortunadamente, a los ciclistas no les mandan allí, deben recuperarse de dos semanas agotadoras, sobre todo en los últimos días, cuando el calor ha apretado más, como en la etapa que salió de Rodez, y en la que no partió Primoz Roglic, que con su retirada ha demostrado ser un profesional como la copa de un pino, además de un ciclista generoso con sus compañeros. Porque se ha ido a causa de las heridas que sufrió en su caída de la primera semana. Las ha disimulado hasta que no ha podido más. Las ocultó para asustar a Pogacar con sus ataques en el Galibier, para agotar a su compatriota. Todos creíamos que no estaba en su mejor momento, pero no era eso, sino algo más. Le he leído a un colega que su rival se tragó el trampantojo, y algo así fue.

Ahora sus compañeros tendrán que trabajar más para defender a Vingegaard, que también perdió a Steven Kruijswijk, en una etapa intensa que Jasper Philipsen le ganó al sprint a Van Aert, otro del Jumbo que hizo un trabajo descomunal, estuvo escapado, y tuvo arrestos para disputarle la victoria a su compatriota belga. Todo, a pesar del calor sofocante, en la peor semana de temperaturas altas desde el Tour de 2003.

No fue un buen día para el equipo del líder, que perdió a dos corredores, pero ¿para quién lo fue? No desde luego, para Benjamin Thomas, atrapado a 500 metros de la meta de Carcasona, ciudad en la que descansaran los miembros de la tropa del Tour. Todos, menos quienes se alojen en el Bristol.

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