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GIRO 2008

A TIRO DE CONTADOR

Tras superar el Mortirolo, está a 28,5 kilómetros de convertirse en el segundo campeón español del Giro

Alberto Contador recibe los besos de las azafatas en el podio de Tirano.
       Jon Rivas / Enviado especial

TIRANO.– El podio, las azafatas. Allí, sobre el estrado, una gigantesca botella de spumante italiano marca Trentodoc. Alberto Contador sonríe. Le aclaman. Recibe el maillot, bebe un trago y saluda. Vuela confeti rosa, en su honor.

Abajo, mientras hace fotos con un móvil de última generación, el hijo del ministro de Defensa de Kazajistán, entra en éxtasis. Envuelto en la bandera de su país, es el único que ha podido saludar al campeón. La seguridad tiene sus dudas, le han querido echar, pero al comprobar su acreditación pasa. Es un super vip.

Se encuentra con Alberto en la carpa donde descansan los ciclistas. A un lado Riccò, que bufa. El madrileño tiene junto a él a Toni Colom, mallorquín, qué gran trabajo el suyo. Y el de Contador.

Como un gran campeón, con la inteligencia de los elegidos, tras poner en práctica un plan que funcionó con exactitud de reloj atómico, está a 28,5 kilómetros de ganar el Giro de Italia. Un sueño hace sólo tres semanas. Será, si lo consigue, el segundo ciclista español que se viste de rosa en Milán. Sólo el gran Miguel Indurain lo hizo antes que él en 1992 y 1993.

Después de Monte Pora llegaron las dudas. Por la exhibición de Di Luca o la rabia de Riccò. Las carencias propias por la escasa preparación aumentaban los interrogantes. ¿Sería capaz Contador de aguantar una diferencia tan corta; de llegar a la contrarreloj en condiciones de ratificar su liderato?

La noche del viernes todo eran preguntas por responder. Sólo la carretera daría las respuestas. El Giro es agotador. Donde no hay kilómetros se ponen. El viernes más de quince, ayer otros tantos. Los cuentakilómetros de los ciclistas se vuelven locos con un libro de ruta más parco que la propia carretera.

Enfrente Riccò y Di Luca, peligro a primera vista. Johan Bruyneel planteó un impecable trabajo de ingeniería ciclista. Contador tendría que ir atento a la rueda de sus dos rivales, pero sus compañeros tenían otras misiones. En especial, Colom.

En la subida al Gavia, paredes blancas de nieve ya casi en verano, mientras Kloden, que ya no podía más, se retiraba, lanzaba un ataque al que, por supuesto, ninguno de los importantes respondió. Entre él y dos compañeros de Sella –Baliani y Pérez Cuapio– abrieron la ruta hacia la cima Coppi. Y luego, al Mortirolo, el temido.

Fue Colom el que hizo el trabajo en el monte que recuerda a Marco Pantani, que sigue vivo, como anuncian decenas de pancartas. Se quedó solo. Tiró hacia arriba, atento a las órdenes desde la radio. Pidió agua, mucha agua, aunque el Mortirolo no fuera ayer el horno en el que se abrasaron pelotones otros años.

Algunos sí se quemaron, claro. El primero Danilo Di Luca, el hombre que puso contra las cuerdas a Contador en la víspera. Pagó el esfuerzo y se descolgó dos kilómetros después de que comenzara la ascensión. Quedaban más de 10.

Era una rueda menos que atender. Un problema que se esfumaba. Riccò, tan osado él, pidió entonces a Contador –después de tantas provocaciones– que aumentara el ritmo. No hizo caso. Al campeón le daba igual. Él sólo tenía que jugar a la defensiva.

Durante toda la subida fue a rueda del italiano. Otros le hicieron el trabajo. Respondió a los tirones –no hubo muchos– y llegó a la cima, que antes había hollado Colom, con buenas sensaciones. Ya tenía medio Giro en su poder. Quedaba el otro medio. El descenso hasta Edolo, la pendiente continua que acaba en Aprica; los «tornantes» del vertiginoso camino hacia Tirano. Todo se puede perder en un segundo. Pero Contador actuó con la frialdad que caracteriza a los campeones. «Me probaron en el Mortirolo, pero las sensaciones eran buenas y he jugado bastante con la cabeza. Me ha ido muy bien».

Luego jugaron también los intereses de cada cual. Con Di Luca fuera de juego, perdiendo tiempo en solitario, atacó Emanuele Sella para ganar su tercera etapa de montaña, todo un récord. Otra heroicidad. «Que se marcharan tres por delante no fue casualidad», confesaba Contador. «Nos convenía». Simoni también llegó antes que el grupo. Y Joaquín Rodríguez, que en la salida hablaba con el líder y que perseguía de nuevo una victoria de etapa que le ha sido imposible. «Mala suerte», se lamentaba. «He pinchado», decía mientras enseñaba el tubular de líneas amarillas que le habían entregado desde el coche neutro. Colom no tuvo que concluir su gran etapa con el último encargo de su director. Debía esprintar para dejar sin bonificaciones a Riccò. Al final, entre Sella, Simoni y Purito obviaron el último servicio del día. De un gran día.

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