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ATHLETIC

De la melena hasta la cola

       Jon Rivas 

Yo estaba allí. Por razones que no vienen al caso, pero estaba. Fue en el hotel Meliá de Sevilla. José María Del Nido convocó una rueda de prensa con un motivo futil, unas horas antes de montarse en el avión que llevaría a su equipo a Bilbao, para enfrentarse al Athletic en el partido de vuelta de las semifinales de Copa. Era un martes.

El sábado anterior, el equipo sevillano había ganado en San Mamés casi sin despeinarse en partido de Liga. Con la perspectiva de los años, comparando las dos plantillas, la del Sevilla tenía una calidad muy superior a la del Athletic. En el partido de ida, el resultado fue 2-1, y los sevillistas metieron la pata. Cayó una tromba de agua y pretendieron que el partido se suspendiera, así que no hicieron nada, durante media hora, por arreglar el estado del césped, pero el árbitro, que era Velasco Carballo, se negó. El partido comenzó con varios centímetros de agua en algunas zonas. Dadas las circunstancias, el terreno benefició al Athletic, porque el Sevilla no podía hacer su juego. Llorente adelantó a los rojiblancos. Luego, tras el descanso, con el campo casi perfecto, porque se afanaron los operarios, espoleados por su club, el equipo local jugó mucho mejor y le dio la vuelta al resultado.

Así que aquel martes a mediodía, en el Meliá de Sevilla, José María, echado para adelante ya de serie, se puso farruco. Después de varias preguntas relacionadas con la convocatoria de la rueda de prensa y de citar  en sus respuestas a García Lorca, le cuestionaron, por fin, sobre el partido del día siguiente: «No creo que haya un vasco que duerma sabiendo que juega Kanoute», dijo primero. Y luego, diciendo eso que se dice cuando se va a faltar a algo o a alguien al respeto: «Desde el respeto», auguró que «nos vamos a comer al león, que no quede duda, nos vamos a comer al león desde la melena hasta la cola».

De hecho, el ambiente de euforia sevillista era tremendo, sólo rebajado por el entrenador, Manolo Jiménez, al que tildaban de aguafiestas cuando decía que muchísimo cuidado, porque veía que en Bilbao el equipo y la afición estaban mucho más mentalizados.

Al día siguiente, el miércoles del partido, cogí un avión en el aeropuerto de San Pablo, el vuelo 8802 con destino a Bilbao, para llegar al partido. Iba lleno de seguidores sevillistas cantando y haciendo palmas, con su habitual alegria; cuestionándose por lugares para comer en el Bocho y planteando la posibilidad de irse al día siguiente a Donostia a celebrarlo comiendo pinchos. El aparato iba lleno. Curiosamente, sólo la fila de delante y los dos asientos junto al mío estaban sin ocupar, cuando, al final del embarque se asomaron cinco cabezas tocadas con txapelas. Eran un padre y un hijo y tres amigos, con bufandas y camisetas del Athletic. Les tocaba sentarse a mi lado. Rezongaba el mayor, Antonio García se llamaba: «Ya verán, ya, a la vuelta, qué calladitos van a ir en el avión». Todo ello con inequívoco acento sevillano. «Sois del Athletic?», les pregunte, y casi se ofendieron: «¡De toda la vida!, desde mi abuelo, en casa todos somos del Athletic. ¿Qué Sevilla ni qué Betis? Mis mejores momentos son cuando el Athletic gana en el Villamarín o el Pizjuán». Y el hijo cantaba alineaciones, y al padre se le humedecían los ojos. «Ya verán, ya», comentaban con una fe inquebrantable. «Mañana iremos en tren a Lezama y luego a comer a la peña del Casco Viejo».

Y sí que vieron. Y aquel Del Nido tan crecido del Meliá Sevilla se fue haciendo pequeñito según caían los goles en la portería de Palop, y tuvo que escuchar una canción que la afición de San Mamés nunca olvidará, y que no es preciso repetir en estas líneas, pero que se refería a la bravuconada previa. Todo hay que decirlo, el presidente del Sevilla se lo tomó con deportividad.

Y en el viaje de vuelta, los sevillanos del Athletic de toda la vida eran los que hacían palmas en una cabina silenciosa, y seguro que al padre se le enrojecían de nuevo los ojos recordando una noche inolvidable.

Desde entonces, el Sevilla se toma con más respeto sus visitas a San Mamés. En las seis anteriores a aquella tormenta perfecta de los hombres de Joaquín Caparrós, había ganado cinco. En las siete siguientes sólo venció en una. Perdió en sus últimas seis visitas a la Catedral. Es un rival temible el Sevilla que ahora entrena Sampaoli. Pero no se come a nadie.

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