ATHLETIC
Un gesto como resumen
Jon Rivas
El árbitro, por fin, señaló el final del partido en Balaídos, después de ocho minutos de suplemento, dos de ellos en la primera parte, que fueron fatales. Las cámaras apuntaron a los futbolistas que celebraban con sordina la primera victoria del Athletic fuera de casa, después de mucho tiempo, y la primera del año también, por otra parte. Muniain, emocionado, habló ante los micrófonos y las cámaras de televisión. Después, la cadena que retransmitía el partido volvió atrás unos segundos y emitió las imágenes tomadas en el palco de autoridades. Aparecía Aitor Elizegi, con gesto serio, siguiendo la última jugada. De repente se adivina el pitido del árbitro y, entonces, el presidente rojiblanco, resopla aliviado antes de levantarse y saludar con un abrazo a su colega céltico.
El bufido de Elizegi, lejos ya de su asiento en la grada, donde se pueden expresar las emociones de otra manera, resumió el estado de ánimo no sólo de los socios que le votaron a él, sino también de los que votaron a Uribe-Echevarria, los que no votaron y los aficionados que no tienen derecho a voto. En su segundo acto institucional, el nuevo presidente representó a todos los seguidores del Athletic, porque en un momento así, todos pensaban como él, que aquel pitido final era un bálsamo, y el agudo triple sonido de un artefacto tan primitivo como el silbato del árbitro sonaba como el concierto para piano y orquesta número 21 de Mozart interpretado por la Filarmónica de Berlín, que dicen que es la mejor del mundo.
Elizegi lo va a tener que pasar mal en unos cuantos palcos de la Liga, incluido el de San Mamés, porque aunque el Athletic salió por una noche de los puestos de descenso, y lo que más le conviene, se acerca bastante a una zona en la que varios equipos coquetean con el peligro como un adolescente borracho lo podría hacer en algún balcón de Magalluf, todavía queda mucho trabajo por hacer, restan bastantes partidos por ganar, antes de poder abandonar los terrenos pantanosos y poner los pies en el cemento. De momento, ya supo esta noche lo que es tragar quina desde su cargo institucional, cuando el equipo rojiblanco se dejó empatar en el descuento de la primera parte, con una falta de oficio alarmante en unos futbolistas con bastante recorrido ya en Primera División, y menos mal que el último cabezazo de Maxi se desvió lo justo, cuando ya pasaban cinco minutos de los noventa, porque los seguidores del Athletic estarían ahora mismo dando cabezazos también, pero no a una pelota, sino a una pared.
Al Athletic todavía le queda remar. Y mucho. Y no es que en Vigo diera una mala imagen, porque fue justo lo contrario: dio una imagen estupenda, fue mejor que el Celta, supo aprovechar sus momentos y, durante muchos minutos, se ordenó muy bien para desactivar el peligro local y crear sus propias ocasiones, pero los nervios también juegan, y las acciones que con una clasificación tranquila, se asumen con naturalidad, se enredan cuando por medio andan esas urgencias que atenazan a los jugadores.
Como, por ejemplo, las dos faltas de cometió Beñat al borde del área propia y que les dieron opciones a los célticos. La segunda la estrelló Maxi López en el palo, aunque la primera ocasión, diáfana, fue del Athletic y la desbarató Rubén Blanco con un paradón a remate de cabeza de Unai Núñez. El Celta se enredaba en su propia tela de araña, y el Athletic trataba de estirarse, y lo consiguió porque Williams encontró los espacios suficientes como para desarrollar su velocidad punta. El 0-1 llegó con una carrera de setenta metros, después de un robo en defensa. Todavía tenía suficiente oxígeno en el cerebro como para pararse, fintar, ver la llegada de Iker Muniain y meterle el balón en el momento exacto, por el lugar exacto para que el capitán marcara el primero.
Williams estuvo en el papel que la afición rojiblanca imaginaba de él cuando irrumpió en el primer equipo. No es un delantero estático, sino un velocista. Se vio en el segundo gol rojiblanco, después del accidente al filo del descanso. Herrerín hizo uno de esos saques tan suyos, Iñaki dejó en evidencia a Cabral por segunda vez, y anotó ante la salida del portero. Williams fue de lo mejor que se vio en Balaídos, resultó determinante. Luego, cuando se fue, el Athletic perdió esa salida en velocidad, aunque ganó en veteranía con Aduriz. Posiblemente, el partido no fue tan dramático como lo interpretaron a través de la televisión los centenares de miles de seguidores del equipo rojiblanco que consiguen, con su fidelidad, que las televisiones se empeñen en levantar su audiencia de los lunes programando a los bilbainos, pero la angustia está instalada en ellos desde hace unas cuantas semanas, y es difícil de despachar. No se irá hasta que el equipo se estabilice, así que el bufido de Aitor Elizegi al escuchar el concierto para piano y orquesta número 21 de Mozart interpretado por el árbitro en sólo tres pitidos agudos, nos representa a todos.
