ATHLETIC
El misterio Susaeta
Jon Rivas
De Markel Susaeta, que lleva desde los nueve años en el Athletic, cuando Kike Liñero lo captó para Lezama, que ha jugado 506 partidos vestido con la camiseta del primer equipo rojiblanco y cientos más con las de los alevines, los cadetes, los juveniles, el Basconia o el Bilbao Athletic, apenas sabemos nada. Pónganse a pensar, queridos lectores, en lo que conocen del capitán del Athletic, aparte del aseado uso de su pierna derecha, de sus estadísticas de minutos, goles, asistencias, tarjetas y otras zarandajas como los mapas de calor que ahora tanto se estilan y que no sirven para nada. Aparte de todo eso, ¿qué saben de Susaeta?
Casi nada. Durante sus doce temporadas en el Athletic ha sido tan discreto que apenas ha trascendido sobre Markel algo más allá de sus idas y venidas a entrenarse a Lezama, de sus partidos en San Mamés y fuera de Bilbao, de aquel trastabille casi infantil de «la cosa» con la selección española y poco más. Los más asiduos a las instalaciones del Athletic, que paran a los jugadores para pedirles autógrafos, seguro que conocerán la marca de su coche y yo, por poner un ejemplo, sé donde vive porque durante bastantes años trabajé a dos pasos de su casa. Conozco de vista a su pareja porque les vi un par de veces en una cafetería cercana, pero poco más.
La anécdota más graciosa que puedo contar de Markel ni siquiera la sabe él, y no la pude plasmar en una fotografía. Sucedió en su mejor año, el primero de Bielsa. Circulaba yo en mi coche hacia el trabajo cuando le vi, en la acera, apoyada la espalda contra la pared de una lonja, probablemente esperando a alguien, al menos daba esa impresión, y bajo un cartel que en letras de color naranja fosforito sobre fondo negro rezaba: «Se vende». Fue una lástima que el semáforo se hubiera puesto ya en verde, porque era para hacer una fotografía con el teléfono y publicarla. En aquellos tiempos, el Manchester United preguntó por él.
Pocos meses antes quise hacerle una entrevista de esas que en el periodismo se califican como «de interés humano», para hablar de otras cosas diferentes al fútbol. Había hecho varias a algunos jugadores del Athletic, y propuse hacerla en Eibar, su pueblo. Creo que entonces todavía vivía allí. Rehusó, no a la entrevista, sino a dejarse ver por las calles de la localidad en la que había nacido. Aseguran que tiene un discreto tatuaje, que se hizo cuando ya era futbolista de Primera División, y que se lo puso en el hombro porque no quería que se lo vieran sus padres.
De algunos futbolistas se conoce hasta la marca de los calzoncillos que usan, son asiduos a las redes sociales, cuelgan fotos de sus vacaciones, de sus momentos divertidos, de la familia y de los amigos. Es la forma de ser de cada uno. Susaeta no es así; no envía comunicados por facebook, ni cuelga fotos en instagram, ni expresa sus pensamientos a través de twitter. Es impenetrable, y no le ha ido mal. Se conocen detalles de su infancia y su juventud, pero a través de los entrenadores que lo han dirigido y por entrevistas, siempre centradas en su faceta futbolística, que ha concedido. Su discreción ha sido proverbial. Ni siquiera fue un futbolista de los que saltan escalones de dos en dos y devoran categorías hasta llegar al primer equipo: jugó en el segundo alevín, luego en el primero, más tarde el infantil B, al año siguiente el A. De allí subió al cadete B, luego al A, al juvenil B, al juvenil A, al Basconia y al Bilbao Athletic, y de allí al Athletic. Un año en cada equipo de formación, sin prisa y sin pausa. No se puede tener una trayectoria más canónica.
En definitiva, Markel Susaeta, 506 partidos con el Athletic, doce temporadas en el primer equipo, 22 años en el club, 56 goles, decenas de asistencias, mapas de calor con color fuego por la banda derecha, es un misterio tantas temporadas después. Y lo seguirá siendo, salvo que en los próximos días, como anuncian desde el club, desvele las claves de su marcha. Mientras tanto, desde aquí le doy las gracias precisamente por ser un misterio, por su discreción, su sacrificio, su entrega, su forma de ser en el campo, donde nunca dejó de ofrecerse. Por ser cien por cien Athletic, y un capitán inolvidable.
