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ATHLETIC

Raticulín

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       Jon Rivas 

Imagínense que ayer, a eso de las nueve y diez de la noche, les plantean estas dos afirmaciones:

A) Al mundo vendrán, dentro de poco, 13 millones de naves de alguna confederación intergaláctica, de Ganímedes, de Constelación Orión, de Raticulín, de Alfa, de Beta… Todo esto se está preparando ya.

B) El Athletic se va a clasificar para cuartos de final de la Copa.

Y acto seguido les dicen que sólo una de esas dos afirmaciones es verdad, que va a suceder. Que un viajero del tiempo ha constatado que una de esas dos cosas se va a producir. ¿Qué quieren que les diga? Yo me hubiera puesto a preparar mi cuerpo y mi mente para montar en una de esas naves espaciales y viajar a la velocidad de la luz hacia la constelación de Raticulín, una experiencia inquietante pero inevitable. Hubiera intentado ponerme en contacto con Carlos Jesús, o con Cristofer, o con Micael, que son los personajes en los que se desdoblaba, para buscar una plaza –de ventanilla a ser posible– camino de mi nueva vida en el espacio exterior. En ningún caso hubiera dado ninguna credibilidad a la opción B, más terrenal, pero totalmente descabellada a esas alturas del partido, cuando la amabilísima grada del Heliodoro Rodríguez López, daba una lección de deportividad aplaudiendo a Iñaki Williams, en el minuto 9, en un desagravio que nos reconcilia con el fútbol, que tiene agujeros negros, como supongo que habrá en el camino a Raticulín, pero también situaciones como la de anoche, en las que además, una afición posiblemente dolida por la derrota de su equipo, despidió a los contendientes, y en especial a Williams, a pesar de los dos goles que les había hecho, con una ovación cerrada.

La sensación de derrota segura se acrecentó cuando después del primer gol del Athletic, el Tenerife volvió a adelantarse sólo tres minutos más tarde. No mientan quienes estén leyendo estas líneas; no pretendan pasar ahora por seres del todo racionales. Reconozcan que cuando entre todas la mataron y ella sola se murió, es decir cuando saltaron al alimón Yuri Berchiche e Iñigo Martínez, y le dejaron la pelota muerta a Joselu, que llegó la semana pasada a Tenerife, para que marcara su segundo gol de la noche, reconozcan, digo, que estuvieron a punto de coger el jarrón de porcelana que tienen junto al sofá y estrellarlo contra la pared, o pensaron durante un instante que tal vez lo mejor para desahogarse, era salir a la calle a quemar contenedores, destrozar cajeros automáticos o arrancar espejos retrovisores. Les salvó ese mínimo de sentido común que nos impide cumplir todos nuestros deseos locos para superar la frustración. A mí también.

Así que después del dolor y la frustración inicial; del subidón de adrenalina 120 minutos más tarde, tendremos que valorar los aspectos positivos de una situación inesperada, cuando yo, personalmente, empezaba a hacer las maletas, a sacarme el visado y a preparar las vacunas para Raticulín –¿basta con la triple vírica o hay que ponerse la de la malaria?–.

Esos aspectos positivos se resumen en uno: la fe inquebrantable de los jugadores del Athletic, que se tradujo en una entrega fuera de dudas. Durante 120 minutos, los futbolistas entregaron hasta la última gota de sudor. Nadie se escondió, nadie trató de pasar desapercibido entre el grupo. Todos dieron la cara, desde Ezkieta hasta Capa, el último en salir. Pese al agotamiento general, que se tradujo probablemente en el penalti de Lekue, sacaron fuerzas de donde no las había. Es cierto que el Tenerife también se quedó con diez, pero no es igual jugar con unos menos media hora, que hacerlo dos horas. El esfuerzo valió la pena. Todos acabamos exultantes por el resultado final, algunos seguro que ni siquiera pudieron dormir.

Y ahora, mientras acabo rápido estas líneas, me pongo en serio a hacer las maletas. Si de las dos afirmaciones que les planteaba, descabelladas ayer a las 21.10 horas de la noche, una se ha convertido en realidad, ¿cuál es la razón para pensar que las naves de Orión y Raticulín no estén viajando hacia la tierra para recogernos?

 

 

 

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