CICLISMO
Javier de Dalmases, adéu amigo
JON RIVAS
Viajábamos camino del hotel, cerca de Valence, a orillas del Ródano, cuando sonó el teléfono. No era el mío, sino el de Javier. Como iba al volante, me dijo: «Cógelo, a ver quién es». Así lo hice. «Bona tarda, Javier de Dalmases? El poso amb el molt honorable Jordi Pujol». Azorado, le dije a mi acompañante: «Te llama Jordi Pujol». Me preguntó si aquello era una broma, pero por el tono de la interlocutora no lo parecía. Paró de urgencia en el arcén para responder. Era Jordi Pujol, efectivamente. Llamaba a Javier porque el periódico La Vanguardia le había encargado un artículo sobre el Tour y mi amigo y colega era una institución periodística sobre ciclismo. De institución (ahora venida a menos por los escándalos), a institución. Durante los siguientes días, mientras Lance Armstrong tiranizaba a sus rivales, Dalmases atendía paciente las numerosas llamadas del molt honorable Pujol. Ese mismo año, tras la penúltima etapa, dejamos el coche alquilado en medio de un aparcamiento repleto –ya se lo llevará la grúa si quiere–, lanzamos las llaves al buzón de la empresa de alquiler y cazamos el Tren de Alta Velocidad a la carrera camino de París. Javier fue un momento al baño y regresó encantado. El actor Robin Williams le había pedido la vez en la cola para acceder al servicio.
Desde 2001 hasta 2009 compartimos hoteles, coches, cenas, comidas, desayunos, sofocones, aguaceros, atascos (bouchons en Francia), conseguimos que nuestras respectivas empresas se pusieran de acuerdo para pagar el alquiler del coche un año cada una, y para coordinar los alojamientos, pero nunca pudimos sacar del equívoco al obtuso agente de viajes del Tour, que siempre pensó que El Mundo y el Mundo Deportivo eran el mismo periódico.
Ahora, a los 77 años, después de una enfermedad que le ha consumido durante un año, Javier De Dalmases y Subirana ha muerto. Me escribió Franny, su mujer, una canadiense a la que conoció durante los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, con la que tuvo un hijo, Mateo. Ambos se han desvivido por él los últimos meses. Como Marta y Anna, las dos hijas de su primer matrimonio, que acabó con una ruptura ejemplar. Cuando el Tour llegó a Barcelona, su ciudad, en 2009, casi como un homenaje a Javier en su última carrera, cené en una masía junto a él, sus hijas, su hijo, su primera y su segunda esposa. No suele ser habitual.
Ese mismo año, unos meses después, me llamó mi colega y amigo Sergi López Egea, la firma del ciclismo en El Periódico de Catalunya, para ver si quería participar en el homenaje sorpresa que le estaba preparando. Tenía dificultades para ponerse en contacto con Franny, porque cada vez que llamaba a su casa, se ponía Javier, ya jubilado, así que me pedía ayuda. Les llamé, por supuesto cogió él, pero le dije que quería hablar con su mujer porque hace tiempo que no sabía de ella. Le dije, por lo bajini, que llamara a Sergi, que quería contarle una cosa.
El día del homenaje, en un restaurante de Barcelona, estábamos todos sus amigos, sus colegas, el director de la Vuelta, ciclistas, José Miguel Echavarri, el patrón de Indurain, y, por supuesto, Joan Manuel Serrat, su amigo, con el que compartió coche durante un Tour de Francia. Franny consiguió engañar a Javier, hacerle ponerse una chaqueta, llevarlo casi a rastras al restaurante, «para tomar algo antes de volver a casa», y hacerle entrar. Se llevó una sorpresa morrocotuda al ver allí a tantas personas que le apreciaban.
Poco más tarde, sus amigos vascos, que también éramos legión, le invitamos a venir a Bilbao y organizamos una comida en un txoko.
Javier era una institución del periodismo deportivo. Le conocí en mi primera Clásica de San Sebastián, en 1992, la que ganó Raúl Alcalá bajo el temporal, y en la que Lance Armstrong, en su primera carrera como profesional, acabó último. Luego coincidimos en varias carreras y en mi primera gran vuelta, el Giro de 1994 que ganó Berzin, y en la que vi una de las mejores etapas de mi trayectoria periodística, la que acabó en Aprica, con el Stelvio y el Mortirolo de por medio, y en la que Indurain sufrió una pájara en el Válico Santa Cristina, que tal vez le costó la victoria final. Javier llevaba desde 1977 siguiendo las grandes carreras, apuntando en su cuaderno de anillas, meticulosamente, los resultados de todas las carreras de las que tenía noticia, 38 tours le contemplaban cuando se jubiló.
Cada último día, en París, visitábamos el domingo por la mañana temprano el Louvre o el museo de Orsay, y luego nos dábamos una vuelta por la Rue Rivoli, y la Rive Gauche por las buquinerías que venden libros de segunda mano. Antes de volver al trabajo entrábamos en Shakespeare & Company, la curiosa librería en la que se editó por primera vez el Ulises de Joyce. A la noche, tras enviar los últimos textos, nos íbamos a cenar –y ese ritual nunca lo perdonamos–, a la Brasserie Lorraine, en la Place des Ternes. Javier se tomaba una mariscada (a mí no me gusta el marisco) y un steak tartare. Yo cenaba paté de foie y solomillo.De postre, un chocolat liégeois, helado de tres sabores con nata. Pagábamos la cuenta con el temor de que no nos la admitieran en contabilidad, pero siempre lo hicieron, porque muchas otras noches la factura era de una triste big mac en un triste McDonald´s de carretera, el único sitio abierto camino de un hotel muchas veces infecto.
Javier se despidió en 2009 y me dejó huérfano. Ahora, otra vez. Hace tiempo que le perdoné su impaciencia en los atascos y su impericia con los ordenadores, como aquella vez que me pidió ayuda. No sé qué tecla había tocado, pero la pantalla se le había puesto invertida, como en la imagen de un espejo y boca abajo a la vez. Nos costó salir de aquel entuerto.
Descansa en paz. Adéu amigo.

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