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CICLISMO

EL INSACIABLE POGACAR

El esloveno consigue su tercer triunfo en el Tour de Flandes, el decimosegundo monumento de su carrera

Tadej Pogacar durante la ascensión al Kwaremont junto a Mathieu van der Poel. © ROBBE MARTENS / FLANDERS CLASSICS
       Jon Rivas 

Se habló durante décadas de la maldición del maillot arcoiris, aunque sin ningunas evidencia científica. Es cierto que muchos de los ciclistas que lo vistieron, no alcanzaron después, mientras lo lucían, el rendimiento que se esperaba de ellos por el mero hecho de ser campeones del Mundo. Pero claro, en un deporte de equipo en el que solo gana un individuo, hay muchas circunstancias que pueden impedir la repetición de los éxitos. Al margen de lesiones o caídas también está la circunstancia de que al portador del jersey que distingue al campeón se le estrechan las vigilancias, se le somete a marcajes y se establecen estrategias para neutralizarlo. Todas esas cuestiones han servido para atemperar los impulsos de muchos ciclistas que alguna vez se vistieron con la prenda blanca atravesada por los cinco colores, que no llegan a los siete del arco iris, pero son un sucedáneo aparente. Pero no los de todos. Los de Tadej Pogacar no.

El fenómeno esloveno no sufre ninguna maldición desde que viste el jersey que para otros es maldito, ni mucho menos. Lo que para los demás campeones es un recuerdo en las bocamangas de sus maillots, para él se está convirtiendo en una prenda de trabajo habitual. Solo se la quita cuando debe, por obligación, vestir las prendas de líder en las carreras por etapas que disputa, el Tour como ejemplo principal. El resto de la temporada luce el jersey con la alegría habitual con la que corre y gana las carreras . Su último propósito conocido era vencer en la Milán-San Remo con el distintivo de campeón del mundo y ya lo consiguió; el siguiente, hacer el más difícil todavía en los adoquines de la París-Roubaix del próximo domingo. Entre medias, el insaciable Pogacar repitió en el pavés de las endemoniadas cuestas de la carrera más querida para los aficionados flamencos, el Tour de Flandes. No tiene rival, los adjetivos se agotan en el diccionario a la hora de calificarlo. Desde septiembre ha ganado todas las carreras que ha disputado. Su sonrisa perenne se amplía cada vez que levanta los brazos.

Y su leyenda se agranda a cada pedalada. En otro monumento como el de Flandes, volvió a firmar una obra hermosa, con su potente equipo, el UAE, poniendo un fuerte ritmo para romper la carrera a falta de cien kilómetros. A Pogacar solo le pudieron seguir los de siempre: Van der Poel, que sin la sombra del fenómeno sería un ciclista, además de superlativo, que ya lo es, prácticamente inabordable; Van Aert, otro superdotado del ciclismo que tiene que convivir en la misma generación que Pogacar, Pedersen y Remco Evenepoel, una roca sobre la bicicleta, que en su primera participación completa una actuación notable. Son 280 kilómetro de recorrido y el Koppenberg, el Paterberg, el Kwaremont tres veces, y según se van quedando sus acompañantes, ya solo queda por saber dónde desenganchará Tadej Pogacar a Mathieu Van der Poel, el último acompañante, quien más resiste, o con el que se entiende cuando camina junto a él, sin poder distanciar demasiado al tozudo Evenepoel, que quiere subirse al podio.

Y, como siempre, llega ese acelerón que deja sin aire al pobre Mathieu, cuando todavía no han llegado a los afilados adoquines del Paterberg. Allí distancia en unos segundos , siete apenas, a su rival, en una cuesta que no se acaba nunca, y que enlaza en el descenso con el Kwaremont, en el que Pogacar acelera en los 350 metros durísimos, para alejar cualquier esperanza de su rival. Desciende hacia el llano, camino de la gloria en Oudenaarde, y aumenta la diferencia para poder llegar a la meta, a celebrar su decimosegundo monumento, con la suficiente holgura como para disfrutar de loa últimos metros. Después se abraza con Van der Poel, rendido a la evidencia, mientras el empeño de Evenepoel le regala el tercer escalón del podio. Ahora sueña con entrar en cabeza en el velódromo de Roubaix, para levantar en la meta el adoquín del vencedor. «El domingo que viene va a ser durísimo, pero lo voy a intentar. Va a ser difícil, no quiero ni pensarlo». Si gana, la hazaña de llevarse los cinco monumentos el mismo año, estará a su alcance.

Es insaciable.

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