CICLISMO
SEIXAS, UN NUEVO FENÓMENO
El nuevo ídolo del ciclismo francés se reivindica en las dos primeras etapas de la Itzulia
Jon Rivas
Hace dos décadas, en 2005, una artista guipuzcoana, Maider López, que ha expuesto sus obras en algunos de los museos más prestigiosos del mundo, decidió montar una performance en San Miguel de Aralar. Se trataba de pensar en lo impensable, quería buscar la paradoja, lo nunca visto. Juntó varias decenas de coches para provocar un atasco en la montaña. Algo que, explicaba, no sucedía en la vida real. El montaje se denominaba «Ataskoa». Resulta evidente que Maider nunca había estado en una carrera ciclista, porque descender de un puerto de montaña en Los Alpes o los Pirineos después de una etapa del Tour es sumergirse en un atasco que dura horas; con mucha suerte, pocas, con mala fortuna, muchas. Recuerdo que tras la victoria de Roberto Laiseka en Luz Ardiden, la primera que conseguía en el Tour el equipo Euskaltel, tardé más de seis horas en recorrer los 73 kilómetros que marcan los navegadores después de un monumental bouchon, que es como llaman en Francia a los atascos, en la estación de esquí. Salí de la sala de prensa a las 19.30 horas y llegué al terrorífico hotel de la Gare de Lannemezan pasada la una y media de la madrugada. Por cierto, he entrado en la web del hotel y por las fotografías observo que sigue igual que cuando me alojé allí, en 2001, y además con 25 años más de desgaste.
Pero ese fue uno de las decenas de atascos a los que sobreviví en la montaña, y como yo, quienes han vivido cualquier carrera con enjundia que pase por alguna cima. Posiblemente, los miles de aficionados que acudieron a las rampas de San Miguel de Aralar en la segunda etapa de la Itzulia, montaron otra performance como la de Maider López, pero sin ningún ánimo artístico, salvo el de presenciar de cerca la obra maestra que escribió un chaval de 19 años que atacó para ganar su segunda etapa en dos días, sus dos primeros triunfos en el World Tour. ¿Arriesgó demasiado? «El mayor riesgo es tener miedo a atacar», contesta. «No tenía miedo; pensé, ¿qué tengo que perder atacando, intentándolo?» Seixas desatascó la Vuelta al País Vasco en solo dos etapas. Retrató al resto de favoritos con su insolencia y se ha convertido en pocos meses en el nuevo ídolo del ciclismo en Francia.
Ya venía pegando fuerte Paul Seixas, niño prodigio, desde que acabó séptimo en el Giro de Lombardía, la mejor clasificación de un ciclista de su edad desde 1917. Ya en 2026 ganó una etapa de la Vuelta al Algarve y fue segundo por detrás de Ayuso en la General. En la Strade Bianche sorprendió al personal con su segundo puesto por detrás de Pogacar y distanciando a Del Toro en la subida camino de la Piazza del Campo de Siena. Ahora carga, a su tierna edad, con la responsabilidad de ser el ciclista francés que tendrá que plantar cara, en un escenario a medio plazo, al actual dominador del ciclismo mundial, Tadej Pogacar. En Francia esperan la llegada del mesías desde que en 1985, y ya han pasado más de 40 años, Bernard Hinault ganó el último Tour para su país. El casillero de triunfos, 36, se quedó estancado en esa cifra y nadie ha podido coger el relevo, así que la llegada de Seixas ha despertado una inusitada expectación.
No es la primera vez que un ciclista francés provoca esperanzas en su afición. Pasó con Jalabert, o con Virenque, incluso con Bardet y algún nombre más, aunque da la sensación de que esta vez es diferente porque el ciclista de remotos orígenes portugueses, es otra cosa, un fenómeno de la naturaleza al estilo de Pogacar o Vingegaard, ciclistas valientes, que no temen a nada, aunque con la ventaja de la edad, porque los fenómenos que dominan el Tour en los últimos años, son bastante mayores que él. Tal vez sea el tiempo de maduración que le falta uno de los peligros que tendrá que afrontar, porque en Francia exponen demasiado a sus figuras. Durante años, buscar las portadas de L’Équipe ha sido más un fin que una consecuencia lógica de la evolución del corredor. Muchos se han conformado con eso; con convertirse en una figura popular, asegurarse contratos jugosos para toda su carrera y renunciar a proyectlos más ambiciosos a largo plazo. No siempre ha sido responsabilidad de los ciclistas, sino de su entorno, de su equipo y de sus directores. En el caso de Paul Seixas, sin embargo, parece que la cosa va por otro camino.
