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CICLISMO

DUCHA FRÍA EN ROUBAIX

Tadej Pogacar pierde en el sprint ante Wout Van Aert la oportunidad de sumar otro monumento

Tadej Pogacar se dispone a beber de su bidón apoyado en una de las duchas del velódromo de Roubaix © ASO / BILLY CEUSTERS
       Jon Rivas 

Las duchas del velódromo André Pétrieux de Roubaix tienen las paredes y los techos desconchados y marcas de humedad por todas partes, pero son un santuario para los ciclistas, que por un día abandonan la reconfortante calidez del autocar del equipo, donde pueden asearse con todas las comodidades, para meterse en esos cubículos con tabiques de pórfido, el mismo material de los adoquines en  los tramos de pavés de la carrera, y tirar de la cadena adosada a la cebolleta de la ducha por el que sale un chorro de agua, no demasiado potente, con el que quitarse el polvo a veces, el barro otras, acumulado después de más de 250 kilómetros infernales sobre afilados pedruscos que sirvieron en su día como caminos para transportar el carbón de las minas.

Cada cubículo tiene un pequeño gancho para colgar la toalla y una placa dorada en la que está inscrito el nombre de un ganador de la París-Roubaix. Desde el domingo, en uno de esos cubículos que cualquier futbolista profesional desecharía para darse una ducha, figura el nombre de Wout Van Aert. El de Tadej Pogacar seguirá sin aparecer.

Tal vez por eso posaba melancólico el esloveno, apoyado en la rojiza pared de pórfido, una piedra dura como el rival que le arrebató la gloria que le faltaba para completar los cinco monumentos del ciclismo una vez que en los albores de la temporada consiguió sumar esa Milán-San Remo que también se le resistía, aunque en el caso de la clásica de primavera, porque no marida del todo con sus características como ciclista y tuvo que adaptarse y preparar de manera minuciosa cada detalle para poder levantar los brazos en la Vía Roma. Lo mismo hizo para intentar ganar la carrera entre Compiegne, la ciudad donde se firmó el armisticio alemán en 1918 y el francés en 1940, y Roubaix, pero esta vez estaba Van Aert, un ciclista querido por su generosidad en carrera, pero que ha tenido la inmensa mala fortuna de encontrarse en el camino con fenómenos como Tadej Pogacar o Mathieu Van del Poel, que le condenan casi a ser un eterno segundón, como conocían los viejos tiempos del ciclismo al abuelo de su rival Van der Poel, Raymond Poulidor, empotrado entre la época de Jacques Anquetil y la de Eddy Merckx; demasiado inexperto contra el primero, demasiado viejo ya  frente al segundo.

Van Aert es terco, obstinado, se niega a sucumbir a los ataques de Pogacar, ofuscado al principio después de tres pinchazos, gajes del oficio en el Roubaix, ya muy cerca de la trinchera de Arenberg, primero de los puntos calientes de la carrera. No llega el coche del equipo, imposible casi por las rutas estrechas, y tiene que montarse en la Canondale del coche neutro. Su equipo, el UAE, que llevaba al pelotón a velocidad de vértigo, debe concentrarse, tras el nuevo cambio de bicicleta, ya monta la suya, en reincorporar a su jefe al grupo principal cuando Arenberg a muestra sus fauces. Enlaza cuando Van der Poel sufre una avería que tarda dos minutos en recomponer, pero pierde a su guardia pretoriana, exhausta tras un trabajo que no estaba previsto en su guion.

Perdersen resiste lo que puede y cuando ya no aguanta, deja solos a Pogacar y Van Aert, y el belga sí que resiste, cada ataque, cada andanada, cada toque a rebato del fenómeno esloveno. Ya desesperado, el último en el Carrefour de l’Arbre, casi sin fuerzas para hacerlo, a punto de caerse y hacer caer a su rival, con los perseguidores –el sorprendente Van der Poel a solo medio minuto– pisándoles los talones. Pero ya estaba casi rendido Pogacar. «Estaba hecho polvo. No tenía frescura en las piernas para tener realmente alguna oportunidad de dejarlo atrás en el pavés. Era misión imposible. Supe que iba a perder al 99%, pero todavía tenía una pizca de esperanza en el sprint; sin embargo, cuando lo lancé, mis piernas estaban como espaguetis». Y Van Aert, que sabía que si resistía, tendría su gran oportunidad para inscribir su nombre en una placa de las duchas del velódromo, consiguió sobreponerse a sus fantasmas para ganar. «He dejado de creer muchas veces, pero al día siguiente siempre me despertaba y luchaba por ello de nuevo».

Para Pogacar es la primera derrota desde la que sufrió, a manos del mismo rival, en la última etapa del Tour, cuando cedió en el adoquín de la Rue Lepic, a unos metros del Sacré Coeur. Como la del domingo  en Roubaix, una ducha de agua fría para el campeón,

 

 

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