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GIRO 2008

LIDER PESE A LA ADVERSIDAD

Alberto Contador toma el mando después de una etapa llena de percances

Alberto Contador lidera el grupo durante la etapa en la que consiguió el liderato.
       Jon Rivas / Enviado especial

MALGA CIAPELA.— A veces los ciclistas se inventan historias para justificar sus fracasos. Incluso para los éxitos. Pero ayer, la historia que podía servir de excusa a Contador no fue excusa.

Al campeón se le rompió un radio de una rueda en pleno ascenso a la Marmolada. De pronto, el dilema: «¿Me paro o no me paro?». Se encontraba bien, mejor que nunca durante la etapa, pero llevaba encima la obsesión del radio partido. Y quedaba lo peor. Prefirió seguir. Soltó el freno lo máximo posible, para que no rozara. Se dio cuenta de que la bicicleta no respondía bien cuando se ponía de pie sobre los pedales, así que decidió subir sentado todo el camino.

Además, sufrió otro contratiempo. Frente al hotel Principe Mortirolo. Por allí pasó antes Emanuele Sella, entre el fervor. Y se reía. ¿De qué? En una cuesta del 12%, en medio de un esfuerzo sobrehumano parecía a punto de estallar en una carcajada.

Después de Sella, más serios, sus perseguidores. Instantes más tarde, el grupo de Contador. Bruseghin quiso pasar hacia adelante en la zona más estrecha. Tal vez sólo intentaba no tener que pararse. Golpeó con su rueda delantera a la trasera del último ganador del Tour. El italiano tuvo que echar pie a tierra y ya no se recuperó. Al madrileño se le aparecieron los fantasmas del percance anterior. «Desde entonces fui mal de cabeza, pensando en la avería». Aún así conservó la calma, únicamente el díscolo Riccò le puso en apuros. Es el nuevo líder.

Contador en rosa. Comienza la aventura. Después de vencer en el Tour de Francia escribe otra línea más en su biografía. Como Miguel Indurain, dos veces ganador de la carrera italiana. Una hazaña plena de esfuerzo, increíble a mitad de etapa, cuando flaqueaba en el Giau, un puerto como inmenso, agotador.

Mientras Emanuele Sella conseguía su segundo triunfo consecutivo en los colosos dolomíticos, Contador apretaba los dientes como nunca en cada cuesta pronunciada de la Marmolada.

Indurain. Echando la vista atrás, el rosa de Contador no se parece al de Indurain, majestuoso en sus actuaciones dolomíticas, sino más bien al de Abraham Olano, que consiguió ser líder por un día a base de esfuerzo y más esfuerzo. Como ayer el madrileño. De rosa, quién lo iba a decir cuando dormitaba al sol de Tarifa hace tres semanas. No pintaba nada bien, sin embargo, una jornada exageradamente dura, después de un día en el que Contador había flaqueado. «No éramos optimistas», reconocía el director del Astana.

Al ciclista español se le veía nervioso. Apenas hora y media antes de la salida, atravesaba presuroso el vestíbulo de su hotel, justo en la recta en la que comenzaba el ascenso a la Marmolada. En el mismo se había apuntado con bolígrafo los nombres de los puertos que iba a subir. La distancia hasta la meta de cada uno de ellos. Era el último. Los demás le esperaban en el autobús desde unos minutos antes. Metió su maleta de ruedas en la bodega del autocar y se subió. Sonreía, pero no firmó ni un autógrafo. Lucía el sol, la temperatura era espléndida. Mal para la alergia que le atacó el sábado.

Dos horas después, con el cielo nublado y el termómetro en descenso y tras el Pordoi, sufría en Giau, una cima a 2.236 metros de altura, después de 15,6 kilómetros de ascensión. Pellizotti lanzó un ataque. Le siguieron casi todos. Contador no. Se quedó atrás, una situación muy delicada. A cien metros de los favoritos, perdía comba.

Pero apretó los dientes, sufrió como nunca. Aprovechó que los demás ajustaron el ritmo y recortó distancias hasta pegarse a ellos. Aún así, aquella no era su pedalada, ni buscaba su lugar en la cabeza del grupo. Malas noticias.

Pero en el larguísimo descenso comenzó la lluvia que barrió el polen, se abrigó bien, comió, se hidrató, recuperó las fuerzas. En el siguiente puerto, Falzarego, se firmó la tregua. Quedó claro que todos esperaban a la Marmolada.

Buenas sensaciones. Y en Caprile, el único punto de la etapa por debajo de los 1.000 metros, Contador ya era otro. Regresaron las buenas sensaciones. Cuando comenzó el ascenso al Passo Fedaia, el madrileño se dejaba ver por la cabeza. Volvía al pedaleo alegre de los buenos días. Cuando en los últimos kilómetros se apreciaron los ataques, respondió. El liderato estaba a su alcance. Vana ilusión horas antes, semanas atrás.

Sólo Riccò lo puso en duda. Aceleró con rabia. «Cuando vi que los demás no iban bien, ataqué. Es mi forma de correr». Apareció el fantasma del Contador de la víspera. Se quedó. Riccò por delante, Menchov también. Pero, sentados sobre el sillín, sin forzar la rueda, alcanzó a Menchov. Riccò estaba más lejos y recortó las diferencias. Aún así, Contador está de rosa. Comienza la aventura.

«Vine para seis etapas y marcharme».

Hoy Alberto Contador atraviesa el punto de no retorno. Ayer se convirtió en el decimosegundo ciclista español que se viste de rosa en el Giro, y en Plan de Corones tendrá que ratificar su reinado. Empresa difícil.

El y el resto de los ciclistas se enfrentan a una cronoescalada con un recorrido típico del Giro, de esos que los organizadores acostumbran a incluir de vez en cuando. Serán 12,9 kilómetros de ascensión y los últimos cinco sobre un terreno descarnado, parecido a la tierra batida. Los organizadores temían a la nieve. Si llega a caer, tal vez hubieran tenido que suspender la etapa. Cuando suba Contador, el camino estará lleno de surcos de las ruedas de todos los integrantes del pelotón que habrán pasado antes.

Sin embargo, tras el mal trago de los últimos días, se le ve confiado en la pelea contra el reloj. Contra unos rivales que ya han subido varias veces el puerto, Contador exhibe sus prestaciones. «De las etapas que quedan, la más difícil es la del Mortirolo», dice. «En el cómputo de las dos contrarrelojes espero sacar tiempo a mis rivales. Si las cosas están muy apretadas, confío en la del último día para aumentar la diferencia. Esa etapa sí que me gusta». El escalador enjuto, convertido en favorito de las cronos. Quién le ha visto y quién le ve.

Pero el rosa llegó ayer, después de dos etapas increíbles de las que ya hace balance: «El sábado no fue un buen día, pero acabé contento con el resultado final. A pesar de la alergia y de los problemas, me sacaron poco tiempo. Ha sido ponerse a llover y encontrarme muchísimo mejor».

Que llueva, piensan en el Astana. En el Giau no había empezado todavía. «No me encontré del todo bien. Salí a por los demás, pero no me pude poner a rueda. Hasta un momento antes, tenía buenas sensaciones. Cuando me pasó eso, pensé que vestirme de rosa iba a ser muy difícil, pero en la Marmolada la situación fue muy diferente, a pesar de la rotura de la rueda».

Contador considera que, el de ayer era, «el día perfecto para vestirme de rosa. La víspera me quedé a cinco segundos, y era lo mejor. Ahora, con el panorama que hay, es el momento adecuado». Aunque las diferencias son pequeñas. «A mí me viene bien. Si no me sacan mucha diferencia, puedo aprovechar el último día. Las fuerzas están muy parejas y espero que siga siendo así en los próximos días».

No obstante, hay candidatos de primera y de segunda. «El más peligroso ahora es Ricco. Ha demostrado que está muy fuerte. Pero tanto Bruseghin como Menchov, Simoni o Di Luca se convierten en rivales muy peligrosos. Cualquiera de ellos puede ponerse delante en la general. Hay que tenerlos vigilados».

Contador estaba feliz ayer. Como Sella, al que felicitó con un complimenti, cuando ambos se cruzaron. ¿Por qué esa alegría? «Porque para mí, la maglia rosa es un regalo. Si hace 20 días me dicen que ahora iba a ser el líder del Giro no me lo hubiera creído». Y confiesa un secreto: «Vine para correr seis etapas y marcharme, pero me han ido convenciendo para que siguiera». También exhibe una debilidad: «No tengo la seguridad que tenía en otras carreras, porque mi preparación es peor, pero las sensaciones son mejores cada día».

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