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HISTORIAS ROJIBLANCAS

Los seis goles de Zarra

LOS CROMOS DEL ATHLETIC 1950/51

Telmo Zarra remata a portería en San Mamés.

Los cromos del Athletic, temporada 1950/51.

Andaba el mundo muy revuelto en noviembre de 1950. Guerra Fría y Telón de Acero eran dos expresiones que los periódicos utilizaban con profusión. Por supuesto, en España apenas se hacían eco las portadas de los problemas internos del país que, como mucho, se dedicaba a combatir la «pertinaz sequía», en palabras de Franco, con la construcción masiva de pantanos.

Mientras Estados Unidos y la Unión Soviética competían en lanzar bombas atómicas de prueba para demostrar al enemigo su fuerza, en la península reinaba una sensación de euforia relacionada con el fútbol después del magnífico resultado de la selección española en el Mundial de Brasil, y ese excelente cuarto puesto tras derrotar en la fase de grupos a la «pérfida Albión», una expresión que, por cierto, no es original de Armando Muñoz Calero, que la utilizó en su telegrama a Franco tras el resultado de Maracaná, sino que la acuñó muchisímos años antes el poeta y diplomático francés Augustin Louis Marie de Ximénès. En esa temporada 50/51, la pérfida Albión eligió por segunda vez como primer ministro a Winston Churchill, con casi diez años de distancia entre una y otra ocasión.

En ese ambiente futbolístico, la delantera de moda de la Liga, formada por Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza, seguía causando estragos entre las defensas rivales. En la temporada 1950/51 continuó marcando goles, aunque el equipo en general tuvo una actuación irregular y acabó en la séptima posición, pero fue el conjunto más goleador, con 88 tantos en 30 partidos, a casi tres por encuentro.

Y en esa campaña, Telmo Zarra llegó a su cénit. Marcó 38 goles, a más de uno por partido. El 19 de noviembre fue la culminación goleadora. Frente al Lérida, el Athletic ganó 10-0 y en aquella vorágine anotadora, el pichichi rojiblanco consiguió enviar seis veces el balón a la red. Los goles se los comieron entre dos porteros: El titular Eroles recibió cinco hasta que en el minuto 63, por lesión, le sustituyó Montserrat, que encajó otras tantos pero en menos minutos.

El día anterior, cuando la expedición leridana llegó a Bilbao después de once horas de viaje en autobús y una parada en Pamplona para comer, Vidal, el entrenador, no sabía quién de los dos iba a jugar. posiblemente, después del partido le aumentaron las dudas

La irregularidad del Athletic de aquella temporada se alimentaba de la inestabilidad de la plantilla, acosada por las lesiones. Eran tiempos de alineaciones estables, que se repetían un domingo tras otro, y sin embargo, los periódicos apuntaban que el Athletic había utilizado, a esas alturas de la temporada, veinte jugadores en diez partidos, una barbaridad para los parámetros de 1950. Casi todos esos esos cambios, además, se habían producido por enfermedad o lesión. Una plaga que afectó al juego del equipo, que aún así, con futbolistas como Zarra seguía teniendo una capacidad goleadora fuera de toda duda.

Además, el delantero nacido en la estación de tren de Asua, era un reclamo para la prensa, que se dedicaba a anunciar el mismo día del partido que se inauguraba la escultura del Sagrado Corazón en el monte Urgull de San Sebastián, o a publicar la esquela del decimocuarto aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, «asesinado en la cárcel de Alicante».

Contra el Lleida aparecieron por San Mamés dos caras nuevas. Estenaga jugó en el puesto de Areta y Lasquibar sustituyó al imprescindible Piru Gainza. Aún así, apenas puesto el balón en juego, cuando los futbolistas visitantes seguían recordando la fotografía que se hicieron al poner junto al busto de Pichichi el ramo de flores en recuerdo de su primera visita a San Mamés, ya había conseguido Zarra marcar el primer gol del partido.

En el saque inicial perdió el balón el Lleida. Telmo combinó con Lasquibar, que corrió la banda izquierda y centró para que el goleador siguiera fiel a su olfato.

Zarra no tiraba los penalties habitualmente, lo que hubiera aumentado su cuenta goleadora aquella tarde gloriosa. En el minuto 10 derribaron a Lasquibar y fue Venancio el que transformó la pena máxima. Tres minutos más tarde el partido ya estaba resuelto con un cabezazo del gran Zarra. Así se llegó al descanso.

 Telmo marcó el cuarto a los siete minutos de la segunda parte y Lasquibar el quinto poco después. Tras un córner Zarra hizo el sexto, Y el séptimo después de un pase de José Luis Arteche. Venancio y Nando marcaron después y el colofón al 10-0 lo colocó Zarra, quién si no, después de avanzar entre cuatro defensas, que no le pudieron parar. Era el sexto de su cuenta. El día más glorioso de su carrera como goleador.

Y aún así, las alabanzas periodísticas fueron escasas. Ni un gran titular, nada de páginas y más páginas para alimentar su ego. «Seis goles han sido de Zarra, como premio a su inagotable labor», rezaban las tres últimas líneas de la crónica de José Maria Mateos en La Gaceta. De boca de Josechu Irarragorri, el Chato de Galdakao, su entrenador, ni una palabra de alabanza. De la de Vidal, el técnico del Lérida, una frase: «Emociona verle cómo se entrega, cómo se da en el juego. Su aire y su brío arrastran a todos».

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